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Si uno excluye la jugada de los goles y le preguntaba a cualquier hincha de fútbol (de River o cualquier equipo) qué resultado imaginaba, a nadie se le hubiese cruzado por la cabeza un lapidario 3 a 0 en favor del América. Simple-mente porque River había mostrado cierta superioridad en los primeros minutos, donde desaprovechó algunas situaciones favorables, y América un dominio territorial en algo así de veinte minutos hasta que se le dio el primer gol.
Si algo hay que puntualizar es sobre algunas secuencias que se sucedieron. River encontró huecos en la medida en que Coudet, D'Alessandro, Fuertes y Cavenaghi encontraron espacios sobre las espaldas de Bustos, Banguero y Viviescas (este último de gran dominio ofensivo, pero escasa marca que terminó expulsado tras un puntapié inentendible).
La respuesta del América fue juntar gente en defensa, cerrarse, hacerse de la pelota y comenzar a asegurarla (sin el inexpresivo vértigo de la iniciación) y poner gente -con un ordenamiento sólido-sobre el campo de River, también inexplicablemente regalando veinte metros tan vitales para el adversario como peligroso para River. En verdad, la diferencia estaba en las dos defensas, porque River quedó partido en dos, sin que Garcé, Husaín y Zapata (se supone puestos para la contención) cometieron gruesos errores, con alguna cuota de inseguridad de Buljubasich, ya demostrada antes de los tres goles.
River adelantó líneas, Amé-rica puso todos sus hombres sobre su área. Un poco por la falta de ideas de los argentinos, otro tanto por la actuación del arquero Zapata, hicieron que la pelota llegara sólo una vez a la red, marcando una diferencia que no alcanzó. El resto fue lo que se denomina «un típico partido de Copa Libertadores». Mucha mala intención y muchos expulsados.
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