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Habrá que decir que más que el 3-2 final en favor de Argentina, valía observar el rendimiento en la actualidad de los « jugadores históricos» y lo que podían aportar los de la «nueva generación». Fue -en síntesis-lo que permitió pasar de una lógica preocupación a una fundada esperanza.
Ayala lento, Samuel impreciso, Almeyda sin un lugar preciso para provocar el corte en el medio, Verón sin encontrar esa función de nexo entre medio campo y ofensiva, hizo que todo el juego recayera en Aimar y que alguna vez la pelota pasara por Zanetti, a la luz de que el aporte de Claudio López y Crespo era por demás escaso.
Uruguay sorprendió en los diez minutos iniciales, cuando imprimió velocidad desde el medio hacia adelante, les dio profundidad ofensiva a los envíos y puso la pelota a ras del piso. Bastó para que apenas en dos minutos de juego Forlán anticipara a Ayala y marcara la primera diferencia. Cuando Bielsa se dio cuenta de que era imprescindible efectuar cambios, hizo lo que todos esperaban: ingresaron «Kili» González, Saviola y D'Alessandro. Lo que hacía falta para que, con Zanetti y Aimar (el mejor de la cancha), formaran un circuito de fútbol, que ni a través de la reiterada infracción esta vez podían superar.
El gol de Ligüera para Uruguay obligó a Argentina a seguir trabajando. Al tiro libre de Verón en la primera igualdad, llegó la segunda con una impecable jugada y no menos precisión en el cabezazo de Samuel, y poco después otra gran jugada que culminó con remate de D'Alessandro, que puso cifras definitivas. Resultado que sólo sirve para las estadísticas.
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