Diego en el momento exacto del pase para dejar mano a mano a Caniggia con Taffarel, para que lo eluda y marque el gol de la victoria en el Mundial Italia 90.
ás recordadas en los Mundiales de México 86 e Italia 90, pocos recuerdan que la primera Copa del Mundo disputada por Diego Armando Maradona no tuvo un final feliz. Claro, el talento inigualable y la magia constante convencieron a nuestras cabezas y corazones que ese suceso no debía prevalecer sobre lo que años después aparecería.
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Sus malabares dentro del campo, sus presentaciones con la Selección y su amor incondicional por la celeste y blanca, hicieron de aquella expulsión por un planchazo en los genitales del brasileño Dirceu en la derrota y eliminación con Brasil en España ´82, un suceso anecdótico y hasta con el tiempo risueño.
Pero en aquel momento, el 2 de julio de 1982, fue una gran frustración para Diego quien, ya jugador de Barcelona, era el más buscado por hinchas (para su regocijo personal) y rivales (para pararlo como sea). Pero como los tocados por la varita mágica tienen la pluma para escribir su propia historia, y la revancha maradoniana no tardaría en llegar, ya en los próximos dos Mundiales se consagraría el mejor jugador de fútbol de todo los tiempos.
Su historia con Brasil no deja de ser apasionante y sorprendente. A la frustrante expulsión de 1982 se la puede equilibrar con la heroica actuación en Italia 90. Ocho años después, el 24 de junio de 1990, Maradona tendría su revancha personal ante Brasil. Partido de octavos de final. Argentina había clasificado con lo justo tras perder con Camerún, ganarle a Rusia y empatar con Rumania en la zona de grupos. Los verdeamarelhos eran los grandes favoritos y lo demostraron en el campo de juego mostrando una superioridad notable, casi nunca vista entre dos potencias mundiales.
Era un monólogo de Brasil que intentaba vulnerar el arco de Sergio Goycochea por todos lados. Y Diego estaba ahí, expectante, con su tobillo maltrecho (ningún mortal hubiese podido jugar con semejante inflamación) y con los botines desatados por el tamaño de ese pie hinchado. Rengueando, fue el mejor de todos. Agarró una pelota en mitad de cancha, casi en la zona del Barrilete Cósmico del ´86, y arrancó su marcha triunfal. Marcó el camino, el sendero de los sueños por donde abrir la puerta. Y, como a lo largo de su carrera, donde no había esperanzas, Diego puso certezas. Dejó en el camino a Alemao, después a Dunga y cuando ya no podía más su tobillo hizo tac (como explica siempre él) y abrió la pelota hacia la izquierda para que Claudio Paul Caniggia se vistiera de héroe tras su magistral definición ante la salida de Taffarel que quedó arrodillado sabiendo que era testigo de una historia que no quería ser.
Ese fue el momento más brillante de Maradona con Brasil. Y fue, además, el preciso instante en el que la herida del Mundial ´82 se cerraba. Argentina, Maradona, eliminaba a Brasil del Mundial de Italia, en 1990. Luego vendrían los penales que eliminaron a Yugoslavia y a Italia y las lágrimas de Diego, un hombre que había ganado todo, en la final perdida ante Alemania.
Estos fueron los momentos sobresalientes de Maradona contra Brasil, rival al que no enfrentó demasiadas veces. Así en el fútbol como en la vida, Diego siempre estuvo al límite. De la eliminación y expulsión por agresión al rival en su debut mundialista con la Mayor a la mágica clasificación a octavos de final ocho años después. No hay grises, con Maradona siempre es blanco o negro.
Ahora el Diez tratará de haciendo historia pero esta vez como Director Técnico de la Selección. Quiero ganarle a Brasil para clasificar al Sudáfrica 2010, contó. Sería un paso histórico ante un partido del que se hablará por años.
Cuando me pongo la camiseta de la Selección, el sólo roce de la tela ya me eriza la piel, comentó alguna vez el ahora DT de Argentina. Los recuerdos imborrables de la historia que dejó, generan lo mismo en todos los amantes del fútbol.
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