Leones e históricos. Estudiantes hizo historia a su manera. Ganó en un estadio difícil y levantó su 4° Copa.
Hay que tener estirpe copera para ganar en el Mineirao. Hay que ser frío y valiente para no conmoverse ante un marco tan impresionante. Hay que tener un estado físico impecable para aguantar 90 minutos en un campo de juego que es una estancia. Todo eso y mucho más tuvo Estudiantes para marcar una página gloriosa para el fútbol argentino. Tuvo talento, sudor, lucha, pero también inteligencia para jugar y habilidad para desbordar al rival. También tuvo contundencia y pegó en el momento justo. Un campeón inolvidable. Un equipo que pasará a la historia, por lograr 39 años después la Copa más preciada de América. La famosa, la histórica Copa Libertadores.
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Estudiantes fue a jugar el partido con mucha experiencia copera. Sabía de antemano que sus posibilidades de ganar la Copa crecían en la medida en que pasaran los minutos y por eso salió a bloquear al rival en la mitad de la cancha y tratar de que no lo sorprendiera en su área.
Arriba dejó como media punta a la «Gata» Fernández (que se movió con gran astucia) y, como delantero neto, a Mauro Boselli entre los dos zagueros brasileños.
Así las cosas, en el primer tiempo tuvo las mismas situaciones de gol que su rival y la más clara (que desperdició Boselli con una pifia increíble), por lo que el empate con que se fueron al descanso fue un resultado lógico.
Cruzeiro, en cambio, apostó al vértigo y trató de abrir la cancha, sobre todo por izquierda con Gerson Magrao casi como un puntero. Le falló la táctica, porque el despliegue de Braña y Verón hizo que la pelota se trabara en la mitad de la cancha, por lo que no pudo sorprender y sólo tuvo una situación clara de gol que Andújar conjuró a los pies de Wellington Paulista.
En el segundo tiempo, el tempranero gol de Henrique (zapatazo de 30 metros que se desvió en Desábato y descolocó a Andújar) hizo prever que se le facilitarían las cosas a Cruzeiro, pero una genialidad de Verón (pelotazo de 30 metros a Cellay) terminó en el gol del empate de Gastón Fernández,y las cosas volvieron a su cauce.
Estudiantes siguió «ensuciando» el partido con algunas triquiñuelas coperas (con la complicidad del árbitro chileno Carlos Chandía, que quería terminar la final con los 22) y lo de Cruzeiro ya no era velocidad, sino prisa y con una imprecisión tan notoria, que hizo agrandarse a Estudiantes, que dejó de defenderse y contestó golpe por golpe.
Fabio empezó a trabajar, como no lo había hecho en toda la noche. Un remate de Boselli de afuera del área fue tapado por el arquero y hubo dos desbordes de la «Gata» Fernández con centros venenosos, que la defensa conjuró.
Estudiantes supo aprovechar su momento, y Boselli (que había desperdiciado tres claras) cabeceó con mucha potencia un córner de Verón y puso el gol de la gloria.
Después, la desesperación de Cruzeiro y la solvencia de Estudiantes hicieron el resto. Verón siguió manejando el timón de un barco que fue a puerto seguro.
Estudiantes mostró que la mística copera se hereda, y esta generación pasó a la historia como la de Osvaldo Zubeldía, aquella de Poletti; Manera, Aguirre Suárez, Madero y Malbernat; Bilardo, Pachamé y Eduardo Flores; Ribaudo, Conigliaro y Verón (el único nombre que se repite, pero es el padre y no el hijo).
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