El resultado fue producto más de los aciertos y errores de Boca que por alguna virtud de Colo Colo. En realidad, la diferencia debió ser más amplia, a pesar de que, esta vez, Bianchi debió pasar por algunos inútiles sobresaltos cuando las cosas no le salían a su equipo, que se mueve con intermitencias.
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Entre las equivocaciones no se pueden soslayar tampoco las del árbitro paraguayo Amarilla y que pudieron ser la llave de un desenlace posterior (aunque fue una para cada lado): una, el penal que le cobró a Henríquez, que frenó la pelota con el brazo cuando se caía y era evidente que no había intención y le sirvió al mellizo Barros Schelotto para terminar con la mala racha desde los doce pasos; la otra, cuando le anuló un gol a Tevez cuando estaba perfectamente habilitado y era un golazo.
Defensivamente, Boca no tuvo problemas, porque Colo Colo es un equipo sin actitud, impreciso, sin vocación ofensiva (aun perdiendo) y con una pequeña cuota de fútbol que le puede brindar nuestro conocido Espina. Es como decir que Boca siempre se movió con soltura, porque era fácil hacerse de la pelota en ofensiva y tenía espacios para la salida. Sin embargo, se equivocó y mucho: en esa rara posición de Iarley sobre la franja derecha, donde no acertaba en el cierre ni encontraba una posición definida en ataque; Barros Schelotto, solitario por derecha y a puro centro; y Caneo, alternado más con malas que con buenas.
El partido quedó en las manos primero de Tevez, levantando la bandera del orgullo, aunque tropezara varias veces con hombres que lo esperaran escalonadamente. En la medida en que buscó el acople de Vargas y comenzó a capitalizar el «monumental» trabajo de Clemente Rodríguez, que merece un párrafo aparte. Sobrio en el quite, sólido en la salida y potente en la llegada. En síntesis, Boca marcó -con lo suyo-todos los tiempos, los destacables y aquellos para el olvido.
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