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Para Vélez el asunto era distinto. Carlos Ischia (su técnico) sabía que el equipo estaba en franca levantada, que llegaba a este partido con un solo gol en contra. Es decir, que desde River nadie pudo convertirle tantos. Tal vez se sorprendió cuando a los tres minutos Silvera -sin marca-le puso la cabeza a un centro que llegaba desde la derecha, vía Serrizuela, y debió salir a buscar el partido.
Se podría decir que en esos pocos minutos y algunos después fue lo mejor de Independiente. Asentado en la seguridad de Milito (de gran labor), Franco y Domínguez. Buscando salida y recuperación de pelota por ese doble tándem que intenta Gallego con Castagno Suárez-Insúa y Guiñazú-Monte-negro para darle movimiento a la pelota, vaya por izquierda o por derecha.
Sin embargo, dio la sensación de que el gol pareció tener efecto psicológico. Independiente se retrasó unos metros y parecía que en esa circunstancia era como entregar pelota y terreno.
Vélez apareció como más compacto. Sólido en la estructura para salir y trabajar en tres cuartos de cancha, pero terminó en la individualidad de Nanni (de buen trabajo) que marcó el empate y tuvo tres situaciones favorables; y Husaín, aunque aislado, se las arregló para llegar al arco.
Independiente tuvo la virtud de pegar justo. Lo había hecho en el inicio y lo repitió en el final, cuando Franco peinó una pelota que superó a Sessa. Vélez hacía tiempo que no tenía ni aire ni pier-nas para salir a buscar el partido y Gallego comenzó a reforzarse en defensa. Dejando todo en función del contraataque, pero arriesgando tal vez demasiado, porque Vélez con errores se jugó las últimas cartas, aunque no le haya alcanzado.