Los Juegos Olímpicos, el hogar que les dio asilo a los refugiados por la guerra

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El Equipo Olímpico de Refugiados se compone de 29 atletas que escaparon de sus países por la violencia y los conflictos. "El olimpismo es una solución", le dijo a Ámbito la abanderada en Tokio 2020.

Rifles de asalto que truenan a toda hora. Bombas que zumban a la distancia y destruyen por doquier. Temor, desesperación, deseo irrefrenable de escapar del infernal terror para encontrar un paraíso de libertad. Muchos deportistas sufrieron el flagelo de la guerra, escaparon y hallaron tierras que le abrieron oportunidades. Desde 2016 participan en un equipo especial que intenta darles la posibilidad que nunca hubieran tenido en sus hogares.

El Equipo Olímpico de Refugiados es una delegación especial, una segunda chance para decenas de atletas, pero fundamentalmente, la visibilidad de más de 82 millones de personas que debieron abandonar su vida por el flagelo bélico, la violencia, persecuciones y otras violaciones a los derechos humanos.

Según datos del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, sus siglas en español), los asilados aumentaron un 4% desde 2019, lo que se traduce en más de 3 millones; hace sólo 10 años la cifra no alcanzaba los 40 millones. A su vez, el 42% de quienes escapan de sus países son niños, mientras que entre 2018 y 2020 nacieron más de un millón de personas en condición de refugiados.

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El COI, en sociedad con el ACNUR, apoya a los asilados desde hace 25 años, pero fue en 2015, con la ola de migrantes que atravesó Europa desde muchos puntos de Asia y África, cuando se implementó el Equipo de Refugiados, que debutó en Río de Janeiro 2016. El objetivo es concientizar sobre aquellos que dejaron atrás su patria en busca de una vida mejor. Muchos de ellos eran deportistas, y hoy tienen la posibilidad de competir mientras estudian, trabajan o tienen una familia. El costo fue altísimo, sólo equiparado con el riesgo de continuar en sus tierras.

“Será un símbolo de esperanza para todos los refugiados del mundo y hará que el mundo sea más consciente de esta crisis. También es una señal para la comunidad internacional de que los refugiados son nuestros semejantes y enriquecen la sociedad”, promovió Thomas Bach, presidente del COI, cuando presentó en sociedad al nuevo equipo hace seis años.

La delegación que se presentó en Tokio 2020 consta de 25 atletas del programa de ayuda a deportistas refugiados -en el cual becaron a más de 1600 competidores-, más otros cuatro de la misma condición que seleccionó la Federación Internacional de Judo. Provienen de 21 países que los albergó y representan a 12 deportes.

El equipo de refugiados de Tokio 2020

Abundan las historias dolorosas. En su gran mayoría, los miembros de esta delegación sufrieron. Y mucho. Pero el deporte fue la vía de escape, una herramienta que les salvó la vida y les permitió rehacerla. Muchos de ellos, en sus nuevas patrias, prosiguieron con sus trabajos y estudios.

De los 29 miembros, uno solo es latino. Eldric Sella Rodríguez nació en Caracas hace 24 años y desde chico practica boxeo. “Abandonó su país por la crisis humanitaria y el incremento de la violencia”, da cuenta el sitio oficial del COI. Actualmente vive en Trinidad & Tobago.

https://twitter.com/RefugeesOlympic/status/1420293012643532803

Violencia, amenazas y conflictos bélicos son el común denominador de este grupo de deportistas, cuyas naciones se concentran en algunos países musulmanes de Asia y las regiones más lastimadas de África.

Cyrille Fagat Tchatchet II es un pesista oriundo de Yaundé, Camerún. A sus casi 26 años, vive en Gran Bretaña desde 2014 y posee múltiples récords británicos. En la isla europea estudió enfermería mental y planea realizar un posgrado.

Las caras visibles de la delegación fueron Tachlowini Gabriyesos y Yusra Mardini, que portaron en la ceremonia de apertura de Tokio 2020 la bandera olímpica que los representa. El maratonista dejó su Eritrea natal a los 12 años por la incesante violencia social. Pasó tiempo en Etiopía y Sudán, para vivir finalmente en Israel, a donde llegó tras un largo viaje a pie por el Sinaí.

Gabriyesos partió de su tierra junto a un amigo un año mayor. Por las noches, al irse a dormir, solía decirle que debían quitarse el calzado y ponerlo en dirección a donde querían ir. De esa forma, al despertarse, nunca perderían el rumbo.

La historia de Mardini es tan trágica como la del resto, pero con un agregado muy especial. “La natación me salvó la vida dos veces”, le confesó a Ámbito tiempo atrás.

Nacida en Damasco, Siria, en 1998, el estallido de la guerra civil en el milenario país la dejó sin casa ni lugar de entrenamiento. Las bombas y misiles que cruzaban la ciudad de lado a lado le quitaron todo lo que tenía. Decidida a no perder la vida, tanto ella como su hermana Sara emigraron.

En la costa de Turquía, junto a otras 18 personas, se subieron a un barco precario que podía resistir seis individuos. A mitad del viaje el motor colapsó y el boté comenzó a hundirse. Lejos de entrar en pánico, Mardini hizo lo mejor que sabía: nadar. Tanto ella, como su hermana y otros dos compañeros trasladaron -con una cuerda en la mano- la embarcación, y más de tres horas después llegaron a Grecia. Luego, como pudieron, siguieron su recorrido hasta Berlín.

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“El deporte salvó mi vida, literalmente. Antes de esa ocasión, dejé de nadar un año y estaba en mi país, salía mucho, conocía gente. Cuando decidí volver, sentí que tenía un objetivo en mi vida y no era sólo vivir”, recordó, siempre con una sonrisa en su rostro a pesar de la trágica historia.

La atleta siria compitió en Río 2016, tras lo cual se convirtió casi en una vocera de los refugiados. Incluso, fue nombrada Embajadora de ACNUR. En Tokio 2020 terminó última entre 33 competidoras en los 100 metros mariposa.

Mardini no se resigna a vivir lejos de su tierra natal. “Volveré cuando la guerra haya acabado. Estoy segura de eso, es mi país y lo amo. Tengo la esperanza que termine pronto porque perdimos a mucha gente, muchas personas perdieron sus casas, familiares, amigos. Es muy triste”, comentó a este medio.

Mientras que la nadadora sueña con que los conflictos bélicos “terminen en todo el mundo”, ve en el olimpismo una posible solución: “Tiene un mensaje de esperanza importantísimo. No importa de qué color sos o de qué país. Sos un atleta y competís en la búsqueda de tus sueños y objetivos. Cuando estaba en la villa de Río, nadie venía y me decía: ‘¿sos una refugiada?’. Me preguntaban cuál era mi deporte. Sería genial poder vivir así”.

Tal vez no sean los mejores atletas de los Juegos Olímpicos, pero sus marcas no valen más que sus historias de vida. El COI confirmó que habrá equipo de refugiados en París 2024 y en Dakar 2026. Pero el deseo de todos es que esta delegación no tenga que competir más.

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