20 de septiembre 2007 - 00:00

Line out

Entrenadores de diversos seleccionados participantes del Mundial se mostraron contrarios a algunas decisiones adoptadas por la International Rugby Board (IRB), porque sostienen que «se sigue apoyando a los más poderosos y discriminando a los débiles». Hace 20 años la IRB creó la Copa del Mundo de rugby con el objetivo de utilizar los recursos económicos obtenidos para acortar la brecha que separa a las grandes naciones de las pequeñas y para lograr la universalización del deporte, objetivos que, pese a los enormes dividendos obtenidos, solamente se logró a medias. Las diferencias de resultados entre las potencias y las naciones emergentes continúan siendo tan amplias como hace 20 años, a pesar de la frescura y alguna que otra sorpresa que aportan Georgia, Tonga, Namibia y Rumania. No obstante, tras 12 años de profesionalismo, la brecha continúa siendo amplia, porque las potencias continúan teniendo los mejores elementos en sus campeonatos y selecciones. En su búsqueda por contar con partidos de gran nivel para «vender» mejor el deporte, la IRB está dispuesta a reducir la larga duración del Mundial de seis semanas a cuatro y media. De esta forma, la entidad comienza a replantearse si es coherente mantener una política para universalizar el rugby y al mismo tiempo privar a los países menores de una Copa del Mundo, aunque esta medida no seduzca a muchos de los protagonistas.

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La Copa del Mundo de Francia reparte 27 millones de libras entre las nueve uniones más poderosas, entre las cuales no figura Argentina, a pesar de que la propia IRB la ubica en su ranking actual como el cuarto seleccionado del mundo. El resto, Unión Argentina de Rugby (UAR) incluida, recibe 333.000 libras por ser considerados países en desarrollo, lo que pone en duda la política de apoyo a los países de menor nivel. Un Mundial con cuatro equipos menos reducirá las ganancias en 15 millones de euros en venta de entradas (700 mil menos). Sin embargo, como el país de los All Blacks no cuenta con infraestructura hotelera ni deportiva adecuada, más las previsiones de que pocos turistas europeos viajarán a Nueva Zelanda y que el público local -conocedor del rugby de primer nivel- no concurrirá a ver los partidos si el espectáculo no es protagonizado por los equipos más importantes, los organizadores ven con buenos ojos esta propuesta.

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