Maratonista que denunció represión en Etiopía busca asilo
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Feyisa Lilesa tiene miedo de volver a Etiopía y sufrir represarías.
Con los reflectores mundiales, por fin, posados sobre él, el deportista africano dijo ayer: "En Etiopía hay 15 millones de oromo y el gobierno nos obliga a dejar nuestras tierras, nos encarcela, nos mata. Les pido que ustedes, periodistas, hablen de la democracia que no existe en mi país, y de los intereses económicos que apoyan la represión de los oromo".
Y sentenció, casi como un sello de su destino, una frase que se replicó en todos los portales: "Si vuelvo, sé que podrían encarcelarme o incluso matarme, es algo que he discutido con mi familia. Pero yo represento a mi pueblo y creo que debo dar a conocer lo que nos pasa".
Lilesa, de 26 años, pertenece a la etnia oromo, una de las más numerosas de África y castigada por el gobierno de los amhara, una minoría que dirige Etiopía desde el proceso de descolonización y que mantiene desde los 70 una guerra de baja intensidad contra los oromo, organizados en los últimos años en diferentes frentes separatistas que luchan por la independencia de Oromia.
Esta región montañosa ocupa, principalmente, el sur de Etiopía con una población de 20 millones de habitantes con una cultura y un idioma propio que, después de muchas reivindicaciones, desde 1992, se estudia en las escuelas de la zona.
Pero la Oromia es una parte del botín disputado y codiciado por las autoridades. Por allí se extienden ríos que abastecen al Cuerno de África con energía hidroeléctrica, se produce un 80% de las exportaciones de café etíope, es rica en oro, mármol, platino, níquel y hierro y se cría el 75% del ganado de África oriental.
Excluidos del proceso político y económico, los oromo asumen su lucha en las calles desde fin del 2015 contra la "persecución injustificada" de las autoridades, originada tras aprobarse un plan urbanístico para expandir la capital Adis Abeba, lo que puso en peligro los cultivos de este pueblo agrícola y seminómada.
Durante las protestas hubo más de 400 muertos, según denunció el Congreso Federalista Oromo - un partido opositor que defiende sus derechos- y validó la ONG internacional Human Rights Watch.
Aunque el régimen autoritario del primer ministro Haile Mariam Dessalegn -sucesor de Meles Zenawi Asresy con mayoría parlamentaria- canceló el plan urbanístico, la represión y las protestas continuaron.
El punto culminante fue el 8 de agosto pasado en una nueva manifestación contra la persecución al movimiento independentista. Hubo 104 muertos y otro tanto de heridos por la represión del gobierno que practicó un ilimitado uso de la fuerza y los acusó de cometer "actos terroristas".
Y si bien Human Rirgths Watch instó a la comunidad internacional y a la ONU a investigar abusos y pedir la liberación de los detenidos -un número del que no hay cifras-, el gesto y la denuncia del maratonista se propalaron en todo el globo.
El keniata y compañero de podio, Eliud Kipchoge, apoyó a Lilesa, y los aplausos coparon la sala de prensa carioca, sin importar una ya vetusta pero vigente regla de la Carta Olímpica que prohíbe protestas políticas.
A Lilesa tampoco le importó que su denuncia pueda costarle sanciones o su presea plateada: "No puedo hacer nada al respecto, ese fue mi sentir, y tengo un gran problema en mi país, es muy peligroso protestar", dijo.
Ya instalado en la galería de los inolvidables en la historia de los Juegos Olímpicos, el africano continúa hacia su otra meta: "Hay demasiados problemas en mi país, donde todo es muy peligroso y seguiré protestando por los presos oromo porque esa es mi tierra", concluyó.




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