River ganó con el último suspiro. Cuando el reloj daba las últimas dos vueltas de la aguja del segundero. Cuando los «fantasmas» volvían a hacerse presentes y ya se escuchaban tímidamente los primeros silbidos. Cuando ya se había cansado de atacar y atacar infructuosamente. Cuando Navarro Montoya había mostrado todo su repertorio de atajadas y hasta de «lujos», bajando con una mano centros o tirándole un beso a Fuertes cuando éste arremetía buscando rebotes.
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Es cierto que el empate hubiera sido injusto, porque Chacarita sólo se defendió. Jugó 80% del partido en su campo y terminó arrinconado en su área, sin intentar ni siquiera un contraataque. Pero a esa altura -iban 4 minutos de los 6 que había adicionado Ruscio-el gol de River parecía una utopía inalcanzable que llegó con la jugada más vieja del fútbol: centro y cabezazo de Ameli.
River salió a ganarlo desde el primer minuto, con Coudet bien abierto por derecha y D'A-lessandro por izquierda desbordando y buscando a Fuertes y Cavenaghi, que jugaban como si fueran un «doble pivot de básquet» bien metidos dentro del área rival. El gol parecía que iba a llegar por peso ofensivo, pero con el correr de los minutos la experimentada defensa de Chacarita fue resolviendo todos los problemas. Para sus males en el primer contraataque vino el penal y el gol de Chacarita, en una jugada que los defensores de River jugaron mal a «la ley del off-side» y dejaron habilitado a Romero, al que Buljubasich le tuvo que cometer la falta.
Allí tambaleó River en sus convicciones y por un lapso de alrededor de 15 minutos dejó de atacar y le cedió la pelota a su rival. Tanto, que Pellegrini salió hasta el borde del corralito y gritó como nunca se lo había visto antes para acomodar a sus jugadores. Pero después retomó el dominio, más porque Chacarita no quería se protagonista sino «partenaire» por convicción propia y se volvió a acercar al área de Navarro Montoya. Le vino muy bien lograr el empate cuando terminaba el primer tiempo, en una jugada preparada.
Pero, con el correr de los minutos, el segundo gol no llegaba y los nervios empezaron a jugar en contra de River. Entró Darío Husaín por Ahumada y «Lucho» González por Coudet lesionado, para buscar otras variantes ofensivas. River jugaba dentro del área de Chacarita, pero Navarro Montoya parecía una pared inexpugnable. River buscaba con centros, paredes y remates de media distancia, mientras que Chacarita jugaba a que el tiempo siga corriendo y Ruscio pite el final. Cuando parecía que los visitantes iban a lograr su objetivo, Ameli puso la cabeza y volvió a demostrar esa condición que distingue a los líderes: aparecer cuando más se los necesita.
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