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11 de septiembre 2010 - 21:43

Rosario se vistió de celeste y blanco para las Leonas

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Rosario, de celeste y blanco.
Por Daniel Domínguez, desde Rosario.- Peatonal San Martín. Mediodía de sábado. Diez chicas de no más de 15 años caminaban por el centro con la camiseta de Las Leonas puesta. Hotel Plaza Real. Una fila de autos acompañaba con bocinazos cada movimiento que hacía el plantel dirigido por Carlos Retegui. Mendoza y Wilde. Catorce horas. Centenares de personas con banderas celestes y blancas, caras pintadas y cotillón, caminaban rumbo al estadio mundialista.

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Tres momentos diferentes, tres situaciones similares. La final del Mundial Rosario 2010 se vivió en cada rincón de la ciudad de una forma única e histórica. Las Leonas despiertan esa pasión. Ese orgullo por vestir los colores de la bandera argentina. Por eso, nadie quiso quedarse afuera del partido más importante en los últimos ocho años de la selección femenina de hockey sobre césped.

No fue extraño entonces ver a mucha gente emocionada cuando por los altavoces se recordaron los nombres de jugadoras como Magdalena Aicega o Mariela Antoniska, presentes en las tribunas y dos de las máximas responsables de los logros del último título mundial en Perth 2002.

Las infaltables banderas de todo el país comenzaron a desplegarse mucho antes del partido por el tercer y cuarto puesto entre Alemania e Inglaterra. "Formosa presente" "General Pico alentando a Las Leonas" "Córdoba siempre está", eran algunas de las leyendas que se veían desde lejos.

La primera revolución en la gente se produjo cuando el plantel argentino llegó al estadio. Habían pasado apenas unos minutos de las 17.30 y el micro asomó por la puerta principal. "Hay que alentar, hay que alentar que Las Leonas son el orgullo nacional" fue la canción que más se escuchó durante largos minutos.

Al caer la tarde, ya no cabía un alma más en el estadio. Todos estaban en sus lugares, gorros, globos y mucha, pero mucha ansiedad se podía palpar en cada rincón. Esta vez, a diferencia de otros partidos, también hubo bombos y redoblantes, más comunes en el fútbol, que en una cancha de hockey, pero que le dieron un marco más popular aún a una verdadera fiesta del deporte mundial.

Una vez más, las doce mil almas que coparon el estadio mundialista disfruatron cada instante, vibraron con cada jugada y aprovecharon cada segundo de un Mundial que quedará por siempre en la memoria colectiva de toda una ciudad demostró estar a la altura de los grandes eventos internacionales.

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