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Lo que sucedió el último fin de semana en cinco estadios podría decirse que colmó el vaso. Sin embargo, como en innumerables oportunidades, se tomó por el camino más corto: la solución de tipo político. A pesar de lo que pueda transmitirse de algunas declaraciones y situaciones que hasta parecen jocosas en medio de tanto drama (ver aparte).
Sin ir demasiado lejos, en el partido del pasado domingo entre River y Nueva Chicago, la novedad fue que la emboscada terminaron por darla los muchachos de Mataderos a los «borrachos del tablón» riverplatense (a pesar de que se diga lo contrario). En tanto, en el partido entre Chacarita y Boca (en San Lorenzo), la gresca se debió a una interna de la hinchada de la gente de San Martín, que terminó en una pulseada con la Policía, para que el partido sea interrumpido. Parece ser que Madorrán lo sabía e hizo lo imposible para que llegue a su fin. Lo consiguió y fue para el aplauso.
Sin embargo, todo siguió siendo un «piripipí». Por ejemplo, el concejal radical Christian Caram pidió que el cuerpo legislativo del Gobierno de la Ciudad procediera a «suspender el fútbol». Criteriosamente, sus colegas de bancada rechazaron la ponencia, a la que también adhirió el jefe comunal, Aníbal Ibarra. Como si la violencia fuera sólo de incumbencia del ámbito capitalino.
Por otro lado, el secretario de Turismo y Deportes, Daniel Scioli, anunció que se exigirá a la Asociación del Fútbol Argentino la «aplicación inflexible» del reglamento de seguridad y a la Justicia, hacer efectivas las penas a los responsables de los incidentes. En verdad, declaraciones anteriores señalaban que «de seguir así debía pararse el fútbol» y ahora todo se arregla «con penas más rigurosas», que difícilmente puedan votarse esta misma semana por ambas cámaras, como dicen.
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