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21 de marzo 2002 - 00:00

Talleres perdió y se complicó

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Los cordobeses soportaron un auténtico calvario: dilapidaron al menos dos docenas de situaciones claras, fallaron un tiro penal y sufrieron un gol de Luis Hernández, ex Boca Juniors, en la única llegada genuina del equipo mexicano, que así clasificó para la siguiente ronda.

El partido fue de tono dramático: Talleres lo buscó por todos los caminos, pero no pudo quebrar el maleficio de la valla muy bien defendida por Alberto Becerra, tercer arquero del plantel de las "Aguilas".

Con la derrota, inmerecida por cierto, el equipo de Mario Ballarino quedó librado a una compleja combinación de resultados ajenos para avanzar a la segunda fase.

Los cordobeses aún deben jugar su último partido por el grupo, ante River, en Córdoba, el próximo jueves 11.

Cuesta creer cómo Talleres no pudo ganar un partido en el que dispuso todo a su favor: la pelota, el terreno y las situaciones de riesgo.

Sólo dos motivos explican su fracaso. Primero, la llamativa deficiencia ofensiva, y segundo la excelente actuación del joven arquero mexicano.

Durante la primera parte, los locales dispusieron de nueve ocasiones para desequilibrar pero todas fueron desperdiciadas, entre ellas, un tiro penal que Becerra le contuvo a los 32 minutos a Ojeda, víctima de una dudosa falta sancionada por el brasileño Marcio Rezende.

Un rato antes, América había dado la sorpresa de la noche cuando abrió el marcador con un cabezazo de Hernández (23m.), derivado de una acción de pelota detenida en la que la defensa cordobesa se distrajo.

El abrumador dominio que imponía Talleres hacía suponer que el esperado gol no tardaría en llegar, pero a medida que transcurrió el tiempo se reforzaba esa sensación inquebrantable sobre el arco rival.

Es que además, el equipo de Ballarino tuvo que combatir con su propia desesperación que aumentaba a pasos agigantados con el consumo del tiempo.

En la segunda parte, Ballarino se jugó el resto, puso al delantero Eber Fernández por el defensor Manfredi, pero el problema no pasó por una cuestión numérica en función de ataque, sino por la precisión para terminar cada situación.

Inmerso en el propio descontrol, los jugadores locales invirtieron sus funciones, entonces, Ojeda jugó de conductor, Maidana se transformó en delantero y los volantes deambulaban desesperados para tomar contacto con la pelota.

La falta de pausa y de inteligencia atentó contra la victoria de Talleres y en el último cuarto de hora del partido sus jugadores se dejaron ganar por la impotencia y apelaron al juego brusco.

La imagen del final, con Ballarino con sus ojos llorosos y la mirada perdida en la cancha, fue un fiel reflejo de las sensaciones vividas por Talleres en una noche amarga que será difícil de olvidar.

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