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Lo que se vio en estos dos primeros amistosos es «más de lo mismo». Un equipo que quiere mecanizarse y al que le falta improvisación. Que presiona al rival con mucha dedicación y que tiene un estado físico envidiable, pero cuando consigue la pelota se pierde en su propio vértigo o intenta el desborde y el centro como única manera de vulnerar a su rival de turno. Es cierto que no se puede comparar la categoría individual de estos jugadores con los que juegan en Europa, pero juegan táctica y técnicamente de la misma manera. Hasta ahora, los resultados fueron positivos, pero el rendimiento hace que Bielsa esté cada vez más lejos su público.
Simplemente, porque pondera el «sacrificio» de Andrés D'Alessandro corriendo a los defensores rivales, tirándose a los pies. En cambio, la afición quiere ver a D'Alessandro «haciendo la boba», apilando rivales y poniendo pases gol a los delanteros. Es decir, mostrando las virtudes que lo llevaron a la Selección. Como éste, hay otros ejemplos, como los cambios de posiciones de Pablo Gui-ñazú a lateral izquierdo, Clemente Rodríguez a jugar de volante por la derecha o Mariano González de puntero derecho.
Para sus males, jugó estos dos partidos en horarios inoportunos, lo que hizo que mucha gente prefiriera ganar horas de sueño a ver a esta híbrida Selección. Lo fundamental es que -después del Mundial-no hubo autocrítica. Es más, tanto los jugadores como el técnico les echaron la culpa a las «cosas del destino», que si bien metió la cola no fue culpable de todo.
Como decía Dante Panzeri, el fútbol «es la dinámica de lo impensado» y no se pueden dominar todas las variantes como en un jueguito de computadora. Ese es el problema de Bielsa. Con su táctica y estrategia le podrá ganar siempre a la computadora, pero el fútbol lo juegan personas poseedoras de otros elementos: velocidad mental, habilidad, inteligencia y destreza, cosas que los programas de computación no tienen.
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