Dicen que los cambios más importantes, son imperceptibles en su comienzo. Si cabe, puede pensarse en términos filosóficos, con el aleteo de una mariposa, el proverbio chino, que decanta, progresivamente, esos cambios.
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Ministerio de Economía
El aleteo fue, y seguirá siendo, esta semana, la evidencia estadística, la irrupción con sordina de los números. Dos datos marcaron la urgencia silenciosa que amenaza con hacer eclosión. El primero fueron las cifras negativas que denotan el peor momento de la circulación viral y la nada desdeñable lógica que lleva pensar en un cierre relevante de empresas y comercios antes de que la cuarentena llegue a su fin. El segundo, la erosión de unos 185.000 empleos privados en los treinta días de abril y el entendimiento de que eso ocurrió, incluso, a pesar de la supuesta prohibición de despidos. El análisis contra-fáctico no se hizo esperar: si no se hubiese tenido esa prohibición, la escena hubiese sido aún peor. En rigor, podría serlo.
De fondo existe algo que ya se ha dicho: que aunque el Gobierno sospeche que 2021 podría traer un rebote económico de proporciones míticas, esto no sería tan así. Lo dicen los gurús de la economía vía zoom a los empresarios que quieran oírlo desde hace ya varias semanas: no es la caída lo que está en juego, es la recuperación. Dicho en criollo: si todos los países pueden tener caídas de entre el 8 y el 15% en sus economías, pocos son los que podrán compensar buena parte en el tramo posterior. Por ejemplo, se calcula que en doce meses, Estados Unidos podría compensar el 75% de su caída. No es lo que podría pasar aquí. El Gobierno entiende que deberá poner todo lo que tiene, también, en las primeras semanas de la flexibilización para no quedar sumido durante años en un estancamiento cenagoso, cuya primera parte va a coincidir con las elecciones de medio término.
Ahí anuda precisamente el momento que enfrenta el Gobierno. Por un lado, la elaboración sectorial de planes de reactivación. El límite presupuestario es grande, pero más lo es la posibilidad de que el ahorro privado de familias y empresas no quiera despegar. Por eso la negociación por la deuda surge como una especie de puente que podría resultar uno de los impulsos que se andan buscando.
Saben en la Casa Rosada que una vez alcanzado el acuerdo, vendrá el FMI a negociar, pero que en el medio de esa pulseada es probable que el organismo autorice, cambio de programa de crédito mediante, otros u$s 4000 millones. Como se dijo, el escenario tan temido parece haberse dado: los fondos de inversión presionan a Guzmán a sabiendas de que la parte más delicada la lleva la economía argentina y en ese juego el hombre del Palacio de Hacienda parece decidido a abrir el período de adhesión con sólo algunos fondos habiéndose comprometido de palabra. Entre jueves y viernes, bancos de inversión de Wall Street panfletearon el mundo con proyecciones de caída del orden del 13% para la economía argentina.
Lo mismo evaluaron consultoras económicas que participan en el Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM). Todo lo dicho decanta en la oferta que hoy registrará Guzmán en la comisión de valores de Estados Unidos. Toda una apuesta a que sea, sino la primera, al menos una de las primeras señales para que el empresariado asuma su parte en todo esto. Proyectos de reactivación de distinto tipo se preparan: no sólo el de la Unión Industrial. También hay otras cámaras empresarias que tienen su propia hoja de ruta. Los próximos días serán claves en el armado de una agenda que ya ponga a discutir en serio cómo salir. Aunque se empiece por algo menor, digamos, algo como el aleteo de una mariposa en medio de la tormenta.




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