Luego de la crisis de fines de 2001 e inicios de 2002 se popularizó una frase que promovía el “vivir con lo nuestro” y que conceptualmente se entendía apuntaba a promover un desarrollo de autoabastecimiento de la economía argentina, una suerte de crecimiento donde los argentinos se cerrasen al mundo y apuntasen a desarrollar la mayor cantidad de industrias y servicios, para no depender del sector externo.
La realidad luego de 16 años muestra que desde 2002 a 2009 la cuenta corriente, que calcula en qué medida una economía en su conjunto se encuentra endeudándose con el resto del mundo (negativa), o ahorrando (positiva) como porcentaje del PBI fue positiva en un promedio del 2% (luego del significativo salto de 2002). Una cuenta corriente positiva equivale a generación de ahorro interno, y acumulación genuina de reservas. Sin embargo, a partir de 2010 la cuenta corriente se vuelve no sólo negativa, sino creciente en el rojo hasta un nivel del 5% del PBI en 2017, motorizado en una primera etapa principalmente por el déficit originado en la política energética, y luego en el déficit por el sector turismo. No casualmente a partir de 2010 comienza una mayor demanda de dólares, y en 2011 se implementan restricciones de acceso al mercado de cambios (cepo).
El problema de una cuenta corriente negativa, más en una economía con niveles de inflación promedios desde 2010 sistemáticamente por encima del 25% anual, es que el ahorrista promedio busca refugio en el dólar como reserva de valor. En consecuencia la acumulación de reservas y la satisfacción de las necesidades de divisas en tal contexto dependen principalmente de la capacidad de acceso al crédito externo. Este acceso al crédito externo es el que permitió sostener este déficit creciente hasta 2017.
La significativa devaluación de 2018 refleja el estado de debilidad de la economía respecto del sector externo, que si bien está atravesando una etapa de estabilidad, no está del todo resuelta. Para evaluar este aspecto basta mirar las presiones sobre las reservas, que con un nivel de 50 mil millones (menores si se evalúan en términos de libre disponibilidad) serían sustancialmente más bajas de no haber mediado la asistencia del FMI. Esta situación de debilidad se ve reflejada en el precio de los bonos y de las acciones.
¿Qué debería pasar para que esta presión sobre la economía se revierta? En primer lugar, la disminución de la inflación. La actual política monetaria, si bien sigue descansando en el no tan positivo uso de pasivos remunerados del BCRA, ha adoptado una postura “hawkish” contra la emisión excedente de dinero, lo que si uno se toma la molestia de analizar en los últimos quince años, ha sido la principal causa de inflación. Luego del hipersalto de los precios mayoristas de septiembre, octubre expuso una gran desaceleración, y los precios minoristas estarían siguiendo esta tendencia. En segundo, lugar, una recuperación de la demanda de dinero. Tanto la suba de tasas de interés como la recesión han desplomado la demanda de dinero en los dos últimos años, lo que provoca que aun a pesar de los esfuerzos de reducción de emisión de dinero, el efecto sobre la inflación no sea tan directo. La reducción de la inflación, la consecuente baja en la tasa de interés, el débil crecimiento que se anticipa para el segundo trimestre de 2019 y la eventual monetización resultante podrían generar ese refuerzo positivo sobre los precios de los activos financieros. En tercer lugar, obtener una mayor confianza del sector privado en el tipo de cambio. Por alguna extraña (aunque quizá no tanto) causa, el sector privado no le termina de creer al BCRA acerca de la estabilidad del tipo de cambio en el mediano plazo. Si bien la presión de compra para dólares de atesoramiento ha disminuido, todavía no se ha generado la situación en la que los compradores se vuelvan oferentes. El aspecto positivo es la cuenta corriente: comienza a dar señales de reversión hacia un positivo, aunque motivado principalmente por la caída en las importaciones.
Finalmente, déficit primario cero apunta a mejorar la percepción de riesgo de los inversores sobre las cuentas fiscales, aún a pesar de que en mi opinión es más relevante el déficit total financiero, que incluye los servicios por intereses de deuda, lo cual en una situación de déficit primario cero representaría un déficit total de 3% del PBI aproximadamente.
Un párrafo aparte merece la política de exportaciones. El promedio mundial de exportaciones como porcentaje del PBI se encuentra en niveles por encima del 35%, mientras que las exportaciones argentinas están levemente por encima del 10% del PBI. Abría este artículo sobre el significado de cerrarse e intentar autoabastecernos presente en la definición de vivir con lo nuestro. Este es un concepto equivocado, vivir con lo nuestro significa que el Estado en particular (déficit fiscal) y la economía en su conjunto (cuenta corriente) no gasten por encima de sus posibilidades.
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