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10 de junio 2008 - 00:00

Avatares en la casa de gobierno

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El camionero Hugo Moyano y al maestro Hugo Yasky. Segundos antes de la aparición de Cristina de Kirchner, ambos se fundieron en un abrazo emotivo, como si la CGT, legalizada, y la CTA, aún buscando su institucionalización, estuvieran en un mismo bando o al menos cerca de un acuerdo. De reojo miraba el taxista Omar Viviani, de impecable pantalón, polera y campera de cuero, todo negro.

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Hubo también empresarios, banqueros y afines. Muy sonrientes se los vio, por separado, a Cristiano Ratazzi (Fiat) y Sebastián Eskenazy (YPF y Grupo Petersen). También estuvieron Carlos Heller (Credicoop), Jorge Brito (Banco Macro) y Roberto Felleti (Banco Nación). Detrás de los empresarios e invitadas personalmente por Cristina de Kirchner, se sentaron Nora Cortiñas (Madres de Plaza de Mayo línea Fundadora), Estela de Carlotto (Abuelas de Plaza de Mayo) y Hebe de Bonafini (Madres de Plaza de Mayo); también el diputado socialista bonaerense Ariel Basteiro.

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El primero en llegar y el último en irse del acto fue el piquetero oficial Luis D'Elía. El ex secretario para la Vivienda ocupó parte del tiempo haciendo declaraciones a favor de la Presidente y en contra de «la oligarquía». Su intención era en realidad «vender» el acto que organiza para el 20 de junio en Rosario. Aprovechó, además, la ocasión para pedir disculpas al manifestante Alejandro Gahan, a quien golpeó durante una manifestación en Plaza de Mayo, el pasado 26 de mayo. « Aprovecho para pedir perdón a Gahan, de cara a todos los argentinos, por la piña de Plaza de Mayo», dijo. Muy tranquilo circulaba el otro piquetero cercano al gobierno, Emilio Pérsico.

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Después de Cristina de Kirchner, probablemente los protagonistas más destacados La intención oficial era copar tres salones (el Blanco, el Sur y el de los Espejos) y gran parte de la planta baja de la Casa Rosada, para acompañar el mensaje de Cristina de Kirchner. Sin embargo, sólo el primero y el segundo salón aparecieron completos, mientras que el de los Espejos estuvo semivacío y sólo unas 50 personas (en su mayoría empleados) siguieron el mensaje en las pantallas de la planta baja. Sin embargo, el ingreso de los aproximadamente 300 invitados oficiales fue caótico. Grandes problemas para encontrarse en las supuestas listas de invitados y mails que no llegaban a destino para autorizarlas marcaron el acto de ayer.

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Para la ocasión, Cristina de Kirchner eligió rodearse en el escritorio central del Salón Blanco por el vicepresidente, Julio Cobos; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el ministro de Economía, Carlos Fernández; el presidente provisional del Senado, José Pampuro, y el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner. Más atrás, la acompañaban los ministros de su gabinete: el canciller Jorge Taiana; el de Interior, Florencio Randazzo; el de Justicia, Aníbal Fernández; la de Salud, Graciela Ocaña; el de infraestructura, Julio De Vido; la de Defensa, Nilda Garré, y el secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini. Para la primera fila, a la derecha se dispusieron los lugares para los gobernadores invitados, comenzando por Daniel Scioli (Buenos Aires), Jorge Capitanich (Chaco), Maurice Closs (Misiones), Daniel Peralta (Santa Cruz) y Mario Das Neves (Chubut), entre otros. Más atrás se los vio a algunos funcionarios de Economía, como el secretario de Agricultura, Javier De Urquiza, y el de hacienda, Juan Carlos Pezoa.

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En el mismo sector (a la izquierda de la Presidente) se ubicaron los sindicalistas invitados, entre los que se reconoció al del acto de ayer fueron los integrantes de la autodenominada Juventud Kirchnerista (JK). No por su número (no más de 40 seguidores poblaron el Salón Sur de la Casa Rosada), sino por las tonadas con que alentaron el comienzo, desarrollo y final del acto de ayer.

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Para la apertura, eligieron del repertorio un «Cristina, Cristina, Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación»; con el que festejaron la salida a escena de la Presidente. Sin embargo, la alegría les jugó una mala pasada, y en el momento de abrir la cadena oficial, el coro tapaba al locutor, lo que provocó un reto de la homenajeada. «Cuánta euforia», dijo Cristina de Kirchner mientras intentaba con un gesto duro y su mano con la palma abierta aplacar a la desenfrenada JK.

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Siguió el concierto de la JK luego de terminado el discurso. Para ese momento se eligió, con música de «Todavía cantamos» de Víctor Heredia: «Somos de la gloriosa juventud peronista, somos de la gloriosa juventud peronista, a pesar de las bombas, de los fusilamientos, a pesar de los muertos y los desaparecidos, no nos han vencido». Este mensaje debió haber tocado el corazón de la Presidente, que se dio tiempo para cruzar el Salón Blanco y saludar a los militantes.

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Ya en el frente de la Casa de Gobierno, y con carteles con el mensaje «con la comida no se jode» y una bandera negra desplegada para las fotos y las cámaras de televisión (que reporteaban a Estela de Carlotto), entonaron: «Olé, olé, olé olá, gorilas putos van a pagar, las retenciones del gobierno popular». Para el final, un homenaje al «conductor» del movimiento: « Cabandié, Cabandié, Cabandié», en relación con el legislador porteño Juan Cabandié. Como se ve, el homenaje fue sin verso ni rima, dada la improvisación del momento.

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