Las principales tribus de la ciudad de Buenos Aires han ingresado desde ayer en un sinfín de tratativas para que cada candidato pueda atornillar apoyos que, si bien fueron necesarios en la primera vuelta, se vuelven imprescindibles en el «ballottage». En cada carpa temen traiciones.
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Aníbal Ibarra sospechó desde temprano que en el gobierno pueden dejarlo librado a su propia suerte.Y quedó convencido de esa posibilidad cuando escuchó a Néstor Kirchner decir, en Misiones, que «a mí me interesa un comino apostar a candidatos que pierden». Para alguien que se ufanaba, como Carlos Menem, de no haber salido jamás derrotado en una elección, se trata de una mentira piadosa. Después de todo, ya en Río Gallegos apostó alguna vez a una ficha equivocada. Claro, era la de su hermana, Alicia, quien en su momento quiso ser intendente.
Las sospechas de Ibarra están fundadas en algunos datos. Por ejemplo, el malestar que comenzó a generarse en torno al jefe de Gabinete,Alberto Fernández, su principal padrino en el oficialismo nacional. Hay dos santacruceños que se la tienen jurada al jefe de Gabinete y por eso la tirria contra su impericia podría exagerarse. ¿Qué se le reprocha, a este ex consultor con ínfulas de caudillo político? Sencillo: haber invertido el capital del gobierno sin asegurarse siquierael manejo político de la campaña de Ibarra. Gente cuidadosa ensus colocaciones, como los Kirchner, no suele perdonar esas faltas de atención. En vano quiso Fernández corregir el error- yendo a un programa de televisión amigo, la noche de la derrota. Se lo prohibieron en Olivos.
• Quejas
Allí el Presidente asistió con sus íntimos a cada instante de ese marketing crucial, el de la presentación de los resultados. El comportamiento de Ibarra no podría haber sido más torpe, se quejó Kirchner, a esta altura un experto en el manejo de las cámaras televisivas. Como si fuera un derrotado sin remedio, Ibarra recién dio la cara al final de la noche, cuando su adversario ya había establecido el eje central de la segunda vuelta llamando a votar contra la intolerancia y el sectarismo oficial. Desde la vereda del gobierno sólo había aparecido Carlos Campolongo. Peor vocero, imposible: fue la cara de la derrota deAntonio Cafiero en 1989 y de la de José Octavio Bordón en 1995 (mala memoria la de éste último, dado que ya comenzó a molestar a Kirchner el talante exhibido en Washington; es cierto, Bordón cuenta en su haber 5 millones de votos, por ahora mucho más que el Presidente; y lo deja traslucir). Después le encomendaron la explicación a Jorge Telerman. Para esa altura, el comando de campaña de Ibarra estaba sometido al griterío de Vilma, hermana y mentora política del candidato, quien diagramaba conspiraciones en el aire explicando cómo los Macri hacían fraude con el correo. Un rato después les explicaron a los hermanos Ibarra que siempre sucede lo mismo: los votos de los barrios norte y sur, menos densos en población, se incorporan primero a las computadoras que los del centro. Por eso el presidente de Boca se había despegado con 9% de ventaja a esa altura. Recién cuando se despejó este problema apareció en pantalla Aníbal, a pronunciar un discurso con su estilo de siempre (¿por qué su modo de hablar da la sensación de que está siempre «verseando», sin haber estudiado del todo la lección?).
El derrotismo que transmitió Ibarra dio espacio al ala del oficialismo que prefiere dejarlo librado a su propia suerte y establecer contactos con Macri, quien manejó la escena con maestría el domingo por la noche. Puentes sobran aunque existen dos privilegiados. Juan Carlos Mazzón, secretario privado del Presidente, es el más evidente: su hijo fue candidato a diputado local en la formación de «Compromiso para el Cambio». Sin embargo, el ganador del domingo tiene un abogado más discreto ante la Casa Rosada. Es Felipe Solá, quien auspiciaba la candidatura de Julio Balbi en el macrismo. Solá, como otros bonaerenses (desde Eduardo Camaño hasta Aníbal Fernández, especialmente interesado en herir al otro Fernández), alentaron la derrota de Ibarra.
Visto desde otro ángulo, el de Macri, el cuadro de alianzas y alineamientos debería resultar igual de inquietante. Prestar atención a dos detalles: ni Solá con Balbi ni Mazzón con su hijo lograron su objetivo. Y el resto del peronismo, el de MiguelAngel Toma y Cristian Ritondo, comenzó ya a quejarse por la magnanimidad del candidato con el «franchising» de su fórmula. Obtuvieron mucho menos de lo pensado el domingo. Bastaría que desde la Casa Rosada pusieran un imán para que todos estos apoyos migren, consumando una traición a las que está tan acostumbrado el PJ porteño. Entre los atractivos, de todo tipo, hay uno principal: que Kirchner prometa clemencia para los que se le pusieron en contra. Porque si la defenestración de los amigos de Daniel Scioli en la Secretaría de Turismo desencantó a un sector del electorado con el oficialismo, (Macri supo aprovechar ese sentimiento en su discurso), sembró pánico en muchos dirigentes peronistas.
Para éstos, que sirvieron como ejército a Macri este fin de semana, operan como un tranquilizante de conciencia las palabras que le dijo Eduardo Duhalde a Rafael Bielsa cuando se reunieron a solas, el viernes: «El domingo terminó nuestra tarea. Lo importante para el PJ es conseguir 130 diputados en el Congreso.Y con Macri e Ibarra meteremos por los dos lados».
• Miedo secreto
Macri debe amarrar al peronismo (sobre todo para fiscalizar la elección en el «ballottage») igual que Ibarra al gobierno. Además, el 14 de setiembre también son las elecciones bonaerenses, y los Duhalde necesitan tenerlo tranquilo a Kirchner para esa ocasión. Juega con ventaja el primero, ya que en la dirigencia partidaria existe un miedo secreto, pero gravitante: la pesadilla es que, ensoberbecido con un triunfo porteño, Kirchner resuelva apartarse todavía más de la estructura del PJ.
Nadie dormirá tranquilo en la política porteña. Ni Patricia Bullrich, aunque ya no corra. Ayer Ricardo López Murphy comenzó a meditar, en Neuquén, la posibilidad de pronunciarse a favor de Macri la próxima semana.
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