18 de septiembre 2002 - 00:00

Banca offshore, única solución al populismo

En enero pasado publiqué en este diario una propuesta de banca offshore. Desde entonces, la propuesta ha suscitado múltiples adhesiones y rechazos. En esta oportunidad, pretendo aclarar dudas, responder a diversos cuestionamientos y precisar la razón de fondo que me ha llevado a proponer una reforma radical de la organización monetaria y bancaria argentina. La propuesta también incluye el reemplazo de la moneda local por el dólar de EE.UU. como moneda de curso legal. Como se verá más abajo, la razón que aconseja la dolarización es la misma que finalmente aconseja la creación de una banca offshore.

Párrafo por medio en los escritos de Alberdi y Sarmiento se lee una frase, que es como una letanía: ¡Cuidado con la montonera! ¡Se viene la montonera! Pues bien, la montonera está una vez más entre nosotros, en la forma del más descarnado populismo financiero. El repaso de la política monetaria desde abril de 2001 prueba que la Argentina sigue siendo un país de bárbaros, aunque a muchos nos duela en el alma. En un país de bárbaros hacen falta soluciones para bárbaros.

• Ilusión peligrosa

Hasta principios del año pasado, creí que la convertibilidad y la banca tradicional Basilea plus constituían una buena organización monetaria y bancaria para nuestro país. Desde la nueva irrupción de la montonera, no lo creo más; ahora creo que es deber de nuestra generación de economistas pensar y construir un sistema a prueba de balas, capaz de aguantar el paso de gobiernos ineptos y también rachas excepcionales de mala suerte. Hay una verdad que el FMI, sus Notables y gran parte de la profesión local y extranjera no termina de entender: la Argentina en 1989, como Alemania, Austria, Hungría y Polonia en 1923, sufrió una hiperinflación. Este fenómeno siempre marcó un antes y un después. Hasta la hiperinflación, un país tiene moneda propia; después de ella, no la tiene. Una moneda propia es una moneda que el público demanda en cantidad apreciable (por ejemplo, 15% del PBI), y cuyo valor es sostenido por la fe pública sin necesidad de respaldo. Después de una hiperinflación y por espacio de una generación o más, la moneda propia es una ilusión peligrosa.

La sensibilidad del público y el grado de dolarización son tan acentuados, que aun sin emisión monetaria el aumento ingobernable de la velocidad de circulación puede provocar una disparada del tipo de cambio y una nueva hiperinflación. En esta coyuntura, el único freno a la hiperinflación es el stock de reservas internacionales del BCRA. El dólar está quieto porque el mercado sabe que el gobierno tiene la capacidad de fuego necesaria para defender este tipo de cambio y la voluntad de hacerlo. La dolarización es aconsejable, entonces, para lograr una estabilidad perdurable. Pero la dolarización, como la convertibilidad, es incompatible con la existencia de un prestamista de última instancia; en otras palabras, es incompatible con la existencia de un banco central. Justamente, la función distintiva de un banco central es emitir moneda sin respaldo para asistir a los bancos comerciales en una corrida sobre sus depósitos.

La función elemental de un banco central no es asegurar la estabilidad del valor de moneda, algo que puede hacer perfectamente una dolarización, una convertibilidad o un cambio fijo cualquiera, sino evitar la caída en dominó de bancos estrangulados por la iliquidez. El BCRA de la convertibilidad auxilió con éxito a los bancos en 1995, cuando la caída de los depósitos llegó a 18%, pero su auxilio fue insuficiente en 2001, cuando la caída llegó a 25%. La corrida del año pasado superó la capacidad de asistencia de un banco central que no puede emitir moneda propia. De forma que la inexistencia de moneda propia lleva a la dolarización, y la dolarización lleva a la creación de una banca comercial que pueda prescindir de la asistencia de un banco central.

Hasta donde yo sé, la banca comercial puede organizarse de cuatro formas: banca tradicional (onshore, universal, de encaje fraccionario), banca libre, banca Simons y banca offshore. El sistema que colapsó en noviembre era una versión robusta de la banca tradicional. Su inestabilidad lo torna inviable en el largo plazo, aun cuando se apoye en un acuerdo monetario bilateral con los EE.UU. o en uno con los bancos centrales que supervisan a las casas matrices de los bancos extranjeros residentes en el país. Tanta ingeniería es difícil de armar, requiere una superintendencia de bancos supranacional, y la incertidumbre sobre su efectivo cumplimiento cuando las papas quemen será grande.

La banca libre ha sido propuesta para la Argentina por Kurt Schuler y Steve Hanke, dos economistas norteamericanos. Tuvo su auge en Escocia, Nueva Inglaterra, Canadá y Suecia en el siglo XVIII y principios del XIX, cuando justamente no existían los bancos centrales. Una caja de conversión emite circulante, el público deposita una parte del circulante en los bancos, y éstos crean depósitos y emiten billetes propios. La oferta monetaria es igual al circulante convertible más los billetes y depósitos en cuenta corriente emitidos por la banca libre. Si por razones estacionales u otro motivo el público deseara menos billetes y más cuentas corrientes, la banca libre haría la transformación en forma automática.

• Desconfianza

El drama sobreviene cuando el público desconfía del sistema bancario y quiere transformar tanto los billetes como los depósitos en circulante convertible. En ausencia de una gran banco con la suficiente reputación para actuar como prestamista de última instancia, la banca libre encontró una salida en la cláusula de reprogramación. La cláusula era parte del contrato de emisión de depósitos, preveía su congelamiento por un cierto tiempo (seis meses) y el banco pagaba a cambio una tasa extra de interés (3% por año). Es una propuesta interesante y con una historia que la avala, pero no creo que la banca libre sea el sistema a prueba de balas que demanda el país más volátil del mundo.

La banca Simons fue diseñada por Henry Simons y otros economistas de la Universidad de Chicago en la década de 1930 y pregonada por Irving Fisher de la Universidad de Yale, como el sistema menos vulnerable al pánico bancario. Divide a la banca tradicional en dos unidades: el almacén monetario y el banco de inversión. El primero sólo recibe depósitos en cuenta corriente, constituye un encaje de 100%, no da préstamos y cobra un arancel por la administración de sus servicios. El segundo recibe ahorros y entrega a cambio bonos cuyo valor está atado a las inversiones del banco en fondos comunes, empresas o proyectos de inversión; no emite obligaciones de renta fija ni da préstamos convencionales, y cobra el clásico arancel del broker. Si fuera aplicable, la banca Simons constituiría, en efecto, un sistema invulnerable al pánico bancario. ¿Por qué razón se correría contra los depósitos en el almacén monetario, si el encaje alcanza para todos? ¿Por qué razón se correría sobre los bonos del banco de inversión, si su precio ya descuenta el colapso bursátil?

Ideal como parece, la banca Simons tiene un problema en los EE.UU. y dos problemas en la Argentina. El problema que presenta en los EE.UU. y en todas partes es que la banca de inversión no ofrece depósitos a plazo fijo. En vista de la preferencia del público por este instrumento de ahorro y la preferencia de los deudores por los préstamos de monto y tasa fijos, la banca Simons daría lugar a un vasto mercado negro compuesto por entidades que toman depósitos a plazo con encaje fraccionario y dan préstamos convencionales, que en la emergencia de un pánico bancario necesitaría el auxilio de un prestamista de última instancia, so pena de terminar en un «corralito».

El problema adicional que presenta la banca Simons en nuestro país es menos sofisticado pero no menos contundente. En vista de la historia de nuestro país, el encaje de las cuentas corrientes del almacén monetario sería un botín reluciente para un gobierno en emergencia financiera, listo para ser canjeado por bonos públicos. Esta expectativa sería causa suficiente de una corrida sobre el almacén monetario, de un «corralito» y del quiebre de la cadena de pagos.

• Invulnerable

La banca offshore, por el contrario, es realmente invulnerable a la corrida. Abrir una banca offshore, como dolarizar la economía, es una forma de importar instituciones de los países que las tienen de probada calidad. En un régimen offshore, la sucursal de Miami del Banco Galicia, por caso, sería más grande que la casa matriz de Buenos Aires. Cada uno de nosotros seguiría operando en la sucursal más cercana, pero los fondos depositados serían girados a Miami o a París, según la preferencia del depositante. Los ahorros argentinos en cuenta corriente, caja de ahorros y plazo fijo quedarían entonces bajo la jurisdicción de la Reserva Federal de los EE.UU., si fueran a Miami, o del Banco Central Europeo, si fueran a París. En adelante, los ahorros de los argentinos estarían tan seguros como los ahorros de los norteamericanos y europeos, y ya no habría motivo para la corrida bancaria ni espacio para nuevos «corralitos».

La banca offshore no cambiaría la fachada de nuestro sistema bancario; sólo cambiaría la jurisdicción de los depósitos y con ello la posibilidad del Estado argentino de financiarse con sus encajes. La oferta monetaria sería igual al circulante en dólares más los depósitos offshore en cuenta corriente. Es arduo imaginar un quiebre de la cadena de pagos en un régimen offshore.

Primera crítica: «El Congreso fijará un gravamen especial sobre los depósitos offshore de los argentinos». Respuesta: la crítica no tiene asidero, es producto de pensar el nuevo sistema con la mentalidad del viejo. En el nuevo régimen todos tendrán sus depósitos offshore, incluidos porteros y taxistas. Estos depósitos serán la norma y, por consiguiente, difícilmente podría vérselos como una manifestación de riqueza excepcional.

Segunda crítica: «La banca offshore es la legalización de la fuga de capitales», dice la diputada Carrió, y «el ahorro de los argentinos debe ser preservado para los argentinos», dicen algunos empresarios. Respuesta: o no saben lo que dicen o son profundamente reaccionarios. El principal argumento a favor de la banca offshore y en contra de la banca tradicional es ético. La banca offshore libera los ahorros de las clases media y baja del riesgo de un Estado arbitrario. En cambio, la banca tradicional mantiene los ahorros de los menos pudientes cautivos de la jurisdicción argentina, listos para nuevas licuaciones cada vez que el Estado o las empresas argentinas caigan en default. Ya vivimos esta traumática experiencia varias veces desde 1980; el «corralito» cruzó el límite de lo tolerable y la sociedad argentina ha caído en un estado de cuasi guerra civil. La banca offshore es también un factor de paz social.

Tercera crítica: «La banca offshore elimina el crédito para el país.» Respuesta

1. El crédito bancario es sólo uno de los componentes de la oferta de crédito al país. También están el crédito comercial, la emisión de acciones y de obligaciones negociables, los fondos comunes de inversión y la reinversión de utilidades. En Europa el crédito bancario es importante, pero en los EE.UU. no lo es tanto y el mercado de capitales tiene una gravitación especial. Respuesta 2. La banca tradicional tampoco suministrará mucho crédito en los próximos años, pues no atraerá gran cantidad de depositantes por falta de confianza. Respuesta 3. En un régimen offshore, el Banco Galicia, por caso, prestaría a la Argentina a lo sumo 3% de sus depósitos. Una proporción lógica en vista de la potencial gravitación de la economía argentina en la economía mundial. De igual modo, los restantes bancos, nacionales o extranjeros, prestarían a la Argentina a lo sumo 3% de sus respectivos depósitos. La oferta de crédito al país surgiría de la suma de los préstamos de cada uno de los bancos offshore. Respuesta 4. En una pequeña economía abierta como la nuestra, la tasa de interés es independiente de la organización bancaria. La tasa de interés es siempre la misma, sea con banca tradicional, con banca Simons, con banca estatal o con banca offshore. En todos los casos, el costo del crédito es igual a la tasa de interés internacional, más el spread técnico, más la prima de riesgo argentino. De igual manera que el precio de un auto Ford puesto en la Argentina es igual a su precio de salida de los EE.UU., más el costo del flete y el seguro, más el arancel de importación. Este y ningún otro será el precio interno del Ford. Es irrelevante que la industria automotriz local sea competitiva, monopólica o estatal, moderna y eficiente o vieja e ineficiente. Respuesta 5. Pero una banca invulnerable a la corrida debería bajar el riesgo argentino. Luego, con una banca offshore la tasa de interés debería ser menor y la oferta de crédito debería ser más abundante que con una banca tradicional.

Cuarta crítica: «La banca offshore no es realmente un cambio, ya que está disponible desde hace mucho.» Respuesta: No es cierto. Para acceder a la banca offshore hace falta información, recursos y una sofisticación de la que carecen porteros y taxistas. Se trata de cambiar la orientación y el armado del negocio bancario, a fin de abaratar el trámite y de hacerlo inteligible y transparente para todos. Incluso más; creo que sólo debería ser legal la captación de depósitos por cuenta y orden de las sucursales y casas matrices en el exterior. Porque en caso contrario no faltarán los desprevenidos que depositen sus ahorros en bancos bajo jurisdicción argentina, y que cuando llegue otro pánico y su consecuente «corralito», promuevan cacerolazos y otro estado de cuasi guerra civil. La supervivencia de la banca tradicional, aunque acotada por la competencia de la offshore, generará una externalidad negativa para la estabilidad monetaria y la paz social.

Quinta crítica: «Como la convertibilidad, la banca offshore es reversible; por tanto, no es una solución permanente». Respuesta: ¿cómo se hace para obligar a la gente a convertir sus viejos depósitos offshore en nuevos depósitos onshore? Semejante pretensión es más ingenua que mi propuesta. El temor de los partidarios de la banca tradicional es que saben que la banca offshore es verdaderamente irreversible.

Sexta crítica: «La banca offshore no resolverá el problema del riesgo argentino». Respuesta: desde luego, no estoy proponiendo una lámpara de Aladino. La banca offshore no eliminará el riesgo argentino por sí misma, ya que dará crédito a empresas y particulares que invierten y consumen en el país, que están sujetos a la volatilidad del país y que no están sujetos a tribunales internacionales. El riesgo argentino desaparecerá cuando la dolarización y la banca offshore sean acompañadas por otras grandes reformas y cuando el mundo llegue a la conclusión de que la estabilidad del país es perdurable.

Por último, ¿se han preguntado los banqueros que miran la propuesta con aprensión, cuánto valdrían sus bancos en un régimen offshore? La banca offshore coexistiría con una banca de inversión, de forma que el nuevo negocio consistiría en tomar ahorros locales y transferirlos a sucursales o casas matrices del exterior y en otorgar préstamos con fondos externos a riesgo offshore, en tomar ahorros locales a cambio de obligaciones de renta variable y financiar nuevos proyectos de inversión y participaciones en empresas, y en captar fondos en el exterior y fraccionarlos en préstamos hipotecarios y prendarios a riesgo propio. Como se verá, el negocio es variado e interesante, sobre todo cuando se piensa que funcionaría en un clima de riesgo argentino estructuralmente menor, dado que el riesgo de devaluación sería nulo, dolarización mediante, y el riesgo de otro pánico bancario sería también nulo. Es probable que esta nueva organización monetaria y bancaria tarde mucho menos que cualquier otra en ganarse la confianza del público, y que los dólares del colchón terminen por llover sobre los bancos offshore y los de inversión.

(*) Economista de la Universidad del CEMA.

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