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Quien examine las cifras de inflación en los EE.UU. encontrará valiosa información para comprender las futuras decisiones de la Fed. Los precios minoristas treparon 3,9% en los últimos 12 meses a abril. Un año atrás, su ritmo de ascenso era 2,6%. No hay dudas: la inflación apuró el paso.
Sin embargo, en los últimos tres meses, cuando la recesión le mordió los talones al nivel de actividad, se desaceleró sobremanera. Las estadísticas acusan una tasa (equivalente anual) de sólo 2,3%. A pesar de que precisamente en dicho intervalo la Fed gatilló el grueso de la ayuda monetaria. Gracias al cambio de ritmo, el «pico» inflacionario de noviembre -4,3%- se moderó en 4 décimas al concluir abril. Ese 3,9% -que atesora también las consecuencias del dólar hundiéndose a pique- no es muy distinto del registro contemporáneo en la zona del euro -3,3%-, a pesar de la tozudez del Banco Central Europeo en mantener su postura a rajatabla.
La presión que ejercen las materias primas en los mercados mayoristas se suaviza cuando se observa su impacto en el mostrador de venta al consumidor. Pero aun así, el cambio de precios relativos es notable. Los renglones que más suben, de lejos, son la energía (15,9%) y los alimentos (5,1%). La medición que los excluye -la controvertida inflación núcleo- anota un avance de 2,3% en los 12 meses a fines de abril. A diferencia del índice general, no se aprecia una aceleración. Pero sí se detecta un sosiego en el último trimestre: los precios ex energía y alimentos aumentaron apenas 1,2% (anualizado).
La discusión sobre la conveniencia de usar como guía la inflación núcleo tiene destinos de grandeza: dista mucho de zanjarse y ya alcanza proporciones épicas. La suba persistente de los precios de la energía y los alimentos corroe la confianza depositada en una medición que se basa en dejarlos puntillosamente de lado. Se afirma que la Fed erró al privilegiar la inflación núcleo y que pagará el costo cuando advierta que los precios de los demás bienes y servicios confluyen por la misma senda alcista. Ocurre que el examen todavía no entrega un reprobado. No sólo porque la inflación núcleo no se inmuta. La mediana de la inflación minorista -que excluye los valores extremos, aunque no presuma por adelantado qué bienes y servicios jugarán ese rol- confirma una mejoría. Arroja una variación de 3,1% en los doce meses a fines de abril. Una décima menos que en abril 2007. Si se la mide desde comienzos de año, el guarismo baja a 2,9%. Y en el último trimestre, cede -como cualquier indicador alternativo que uno quiera utilizar- a 2,5%.
O sea, que el impacto sobre la inflación minorista de la baja agresiva de las tasas de interés, de los redescuentos a destajo, del dólar cayendo en picada y del salto vertical de las materias primas luce contenido en los EE.UU. Sobre su espalda pesaron mucho más las fuertes presiones recesivas. Si, además, la inflación es, en esencia, un problema monetario, ayudará saber que el aumento de la cantidad de dinero (M1) es apenas 0,2% (el último registro interanual que superó 2% data del primer semestre de 2005). La creación de medios de pago -cuando se toma nota de que la parte del león de la asistencia de la Fed se esteriliza- permanece escuálida. Es verdad que la economía cabalgaba sobre el lomo del crédito vibrante, pero precisamente, ése es el potro que se mancó.
Todo sugiere, entonces, que la Fed tiene margen de tiempo para anclar las tasas en 2% y, si quiere, limitarse a endurecer su discurso. Como, en días recientes, ya lo hicieron varios de sus personeros: Hoenig, Fisher y Lockhart. Mientras la recesión aceche y deprima la demanda interna, aunque el petróleo corcovee, no la correrá el apuro por desandar sus pasos montando un nuevo ciclo de alza de tasas de interés.




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