5 de octubre 2004 - 00:00

Bonistas amenazan frenar la oferta. Mercados no les creen

Ayer, en Washington, el principal grupo de acreedores exigió un pago en efectivo de u$s 5.000 millones para aceptar oferta. Amenazan con trabar en la Justicia de EE.UU. la operación. Se sumó a ese Comité Global de Acreedores una asociación de ahorristas argentinos. Unidos, buscan ejercer más presión. El mercado ignoró por completo estos movimientos. Apuestan al éxito de la propuesta. Hubo récords en títulos como BODEN. Están ingresando u$s 35 millones diarios. Dólar cayó a $ 2,99.

Washington - El Comité Global de Acreedores, el grupo que congrega a la mayor cantidad de bonistas extranjeros de títulos argentinos, anunció ayer en Washington que no aceptará la oferta argentina de reestructuración de deuda y que, en caso de persistir la negativa del gobierno a dialogar, iniciará acciones judiciales.

«La Argentina debe terminar voluntariamente con su política unilateral en el lanzamiento de la oferta. Es la única precondición para sentarse a negociar de buena fe», dijeron. Durante la presentación que hicieron ayer en el St. Regis Hotel los dirigentes del GCAB (en sus siglas en inglés) explicaron que el camino a seguir por ellos no es el de los fondos buitre que litigan en Nueva York intentando cobrar 100% de los bonos en default sino bloquear judicialmente el procedimiento de canje de deuda que en 10 días Roberto Lavagna formalizará ante la SEC.

Es el mismo procedimiento a que apelaron los acreedores en el proceso de renegociación de los bonos Aconcagua mendocinos, ejemplo que fue mencionado durante toda la reunión.

La estrategia explicada ayer a los socios del Comité Global, que preside Nicola Stock, parece hasta inocente, por su simpleza: presionar de cualquier forma al gobierno a sentarse a hablar con los tenedores nucleados en la organización que representan u$s 38.000 millones en bonos. Ayer se anunció que se sumarán al GCAB la Asociación de Damnificados por la Pesificación y el Default, que representa a ahorristas de la Argentina. Esa presión incluye, entonces, no recurrir a tribunales como el de Thomas Griesa en Nueva York para exigir embargos a bienes argentinos, sino frenar en la Justicia el proceso de colocación de nuevos bonos explicando y argumentando errores de procedimiento en la reestructuración.

• Odio acumulado

Los acreedores explicaron que el país tiene capacidad de pago y se niega a dialogar porque simplemente no quiere cancelar su deuda.

El argumento es sólo una prueba del odio acumulado hacia el gobierno argentino entre los acreedores que, no obstante, reconocen en privado que les será difícil frenar el proceso actual de reestructuración.

La desconfianza que tienen hacia el país llegó ayer al punto que Nicola Stock, alertó a los bonistas presentes y miembros de todas las asociaciones de acreedores sobre la presencia de periodistas argentinosen la sala: «Tengan presente que todo lo que hablemos llegará a oídos del gobierno en Buenos Aires», alertó. Junto a él se sentaron
Hans Humes (Argentina Bonholders Committee), Dan Celentano (Senior Managing director de Bear Stearn), Makoto Aratake (Bank of Tokyo-Mitsubishi) y Horacio Vázquez (Asociación de Damnificados por la Pesificación y el Default).

• Objetivo

Esa animadversión a la prensa continuó durante las entrevistas: los bonistas están convencidos de que los medios argentinos no reflejan la realidad y son funcionales a las presiones de Lavagna para no sentarse a negociar.

«Nuestro objetivo es conseguir que el mundo se enfoque a analizar que el país sí puede afrontar sus obligaciones sin perder la chance de seguir creciendo», dijeron. A partir de allí las discusiones sobre el verdadero volumen del superávit fiscal y los números que muestra el Ministerio de Economía en Buenos Aires ganaron toda la atención.

El primer dato que llamó la atención en la reunión fue la cantidad de bonistas presentes, que contrastó con la sensación de resignación que mostraban los banqueros ante el proceso de reestructuración de la deuda durante la Asamblea Anual del FMI que terminó el domingo, del que sólo esperaban conocer el grado de aceptación por parte de los acreedores, pero sin ninguna esperanza de mejora. El salón del elegante St. Regis estaba repleto, al punto que se agotaron los prospectos preparados para los bonistas.

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