Washington - El presidente electo republicano, George W. Bush, celebra hoy una reunión clave con el titular del Banco Central, el fanático independiente Alan Greenspan, para intentar convencerlo de que su proyecto de un gigantesco recorte impositivo -el regreso de la «Reaganomia»- reactivará una economía que se está debilitando y que pronto podría caer en recesión, pero los demócratas pusieron el grito en el cielo diciendo que ese plan es la formula más rápida para dividir al Congreso y al país.
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A su vez Greenspan, el verdadero arquitecto de la expansión económica norteamericana de 10 años sin precedentes que parece estar llegando a su fin, ha dicho que los superávit presupuestarios acumulados durante la administración del saliente presidente demócrata Bill Clinton no deben ser usados para financiar un recorte impositivo sino para achicar la deuda nacional.
El crecimiento económico de los Estados Unidos se ha reducido de 5,6% en el segundo trimestre de este año, a 2,7% en el tercer trimestre, y con los precios de la energía muy altos y las acciones débiles, algunos expertos predicen que la economía podría caer en recesión tan pronto como en el primer trimestre del año entrante.
Defendiendo el plan impositivo de Bush -con reducciones por valor de 1,3 billón de dólares-el vicepresidente electo, Dick Cheney, dijo ayer por televisión que «tenemos una economía que se está enfriando y podríamos ir a una recesión; por eso, los recortes impositivos serán importantes». Bush, por otro lado, dijo que su propuesta de reducción de impuestos no es negociable. «No estoy dispuesto a ceder», explicó el presidente electo a la revista «Time», que lo acaba de elegir «el hombre del año». Dijo que su plan es su «póliza de seguro» contra la desaceleración económica.
Críticas
Pero los demócratas fustigaron el plan impositivo de Bush, diciendo que favorecerá a los más ricos, y hasta algunos republicanos, como el líder de la Cámara de Representantes, Dennis Hastert, han dicho que sería mejor, en vista de que el Senado está dividido 50/50 y los republicanos tienen una mayoría de apenas unas pocas bancas en la Cámara baja, hacer reducciones impositivas graduales en lugar de una masiva como quiere el presidente electo.
El líder de la minoría demócrata en el Senado, Tom Daschle, dijo ayer que «no puedo pensar en nada que dividirá a este país más rápidamente que presentar al Congreso una reducción impositiva de tal magnitud».
El encuentro de Bush con Greenspan, en un desayuno en Washington, se producirá un día antes de que el presidente del Banco Central se reúna con sus colegas en la llamada Comisión de Mercados Abiertos para hablar sobre las tasas de interés. Se estima que el organismo no alterará las tasas, pero sí señalará que ahora le asigna al riesgo de un debilitamiento económico la misma importancia que al de un recalentamiento, debido a la inflación, su «fantasma» de larga data. Esa posición podría preparar el terreno para una reducción de las tasas de interés a principios del año entrante.
En cierta medida, para Bush sería importante que si se produce una recesión, llegue pronto. Si una recesión -ofi-cialmente definida como dos trimestres seguidos de crecimiento negativo-golpea poco después de asumir el 20 de enero, Bush tendrá todo el derecho de decir que es la culpa de Clinton. Además, cuanto más rápido llegue una recesión, mejores serán las posibilidades de que la economía retome su crecimiento para las elecciones de medio término en 2002 y las presidenciales en 2004.
Bush y sus asesores han dicho repetidamente que el enfriamiento de la economía subraya la necesidad de una reducción impositiva que estimule la demanda al dar a la población más dinero para gastar. Bajo el ex presidente republicano Ronald Reagan, esa premisa más o menos funcionó pero a costa de aumentar enormemente la deuda nacional.