Cardoso, casi a oscuras, agasaja hoy a Giavarini
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Las declaraciones de afecto de Giavarini a Brasil y su gobierno operarán, tal vez, como un bálsamo para una gestión tan castigada como la de Cardoso. El malhumor que ganó a la población brasileña, sobre todo la de las grandes ciudades, se ha vuelto casi asfixiante y logra empalidecer al que pesa sobre la Argentina al cabo de tanto estancamiento económico. El motivo de ese estado de ánimo, que afecta a una sociedad casi maníaca en su optimismo y buen temperamento, es un apagón que, se «promete», durará hasta fines de 2002. El impacto de esta situación sobre la política va de lo pequeño a lo importante. Por citar un caso: Lafer no podrá invitar a Giavarini a comer, como es de estilo, en el Palacio del Ministerio de Relaciones Exteriores. Deberá recibirlo en su casa -en rigor, la que le proveen en esa especie de country estatal que es Brasilia- y ofrecerle una cena a la luz de las velas, lo que, en este caso, no tiene que ver con el estilo, tan sofisticado, del canciller brasileño, sino con elementales razones de ahorro energético.
• Multas
Si fuera a una casa de familia común y corriente, Giavarini soportaría las mismas restricciones. Cada brasileño debe consumir la mitad de la corriente eléctrica que consumió históricamente y, si no lo hace, tendrá que afrontar el pago de una multa y, finalmente, el corte drástico del servicio. El apagón tiene consecuencias domésticas capaces de corroer a cualquier gobierno (furibundos «fernandohenriquistas» califican hoy al gobierno del sociólogo como «el peor de la historia de Brasil»), pero los efectos también se extienden a la vida colectiva. En Rio de Janeiro, sólo se respetó la iluminación del Cristo Redentor, y San Pablo se ha vuelto una megalópolis fantasmagórica, capaz de aumentar su mala fama de insegura y peligrosa ahora que quedó a oscuras.
Si el corte energético, que se atribuye abiertamente a la imprevisión del gobierno, tiene contra las cuerdas a Cardoso, la composición de la coalición que viene administrando el poder en Brasil está aquejada por razones menos brutales. En primer lugar, tuvo una fisura importante con la caída de Antonio Carlos Magalhaes, el ex presidente del Senado que regresó al llano bahiano susurrando denuncias contra el gobierno nacional. Mientras tanto, florecen los candidatos, pero en la vereda opuesta al oficialismo: van desde Itamar Franco, el díscolo gobernador de Minas Gerais, hasta -de nuevo- Luis Inacio Lula Da Silva, eterno postulante del PT que hoy cree, con más derecho que otras veces, llegada su hora. Después de todo, hoy puede ser más probable que Lula sea presidente a que Cardoso construya un sucesor, tal es el estado depresivo que rodea a la política oficial.
En este contexto, los elogios y bienaventuranzas de Giavarini pueden resultar un maná inapreciable para Cardoso y los suyos. Tan mal están, que apreciarán la bendición, aunque provenga de un gobierno sumergido en su propio «infierno astral».



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