18 de junio 2001 - 00:00

Cardoso, casi a oscuras, agasaja hoy a Giavarini

Adalberto Rodríguez Giavarini viajará a Brasilia, en una visita de Estado que lo paseará, entre hoy y mañana, por los principales escritorios de ese país: se entrevistará con el presidente Fernando Henrique Cardoso, con el canciller Celso Lafer y con los jefes de las dos cámaras legislativas, Aécio Neves, de la de Diputados, y Jader Barbalho, presidente del Senado, que está cercado por denuncias de corrupción desde antes de haber asumido el puesto.

El canciller tendrá resuelta la mitad del problema: a instancias suyas, en una jugada combinada con Lafer, Domingo Cavallo ya le había adelantado al gobierno brasileño las medidas que adoptaría, en especial la de dividir el mercado de cambio entre financiero y comercial. La otra mitad será seguramente motivo de conversación y hasta de discusión: Cavallo también resolvió bajar el arancel externo para bienes de consumo de 35% a 27%, lo que afecta a las empresas brasileñas de ese sector, que tenían con la tarifa más alta una ventaja significativa frente a las que compiten en el mismo rubro fuera del Mercosur (el arancel interno es 0).

El canciller encontrará sobre la mesa de los funcionarios de Brasil una propuesta de Cavallo que todavía no tiene resolución técnica: la de establecer la figura del negociador del Mercosur para tratar con otros bloques, como el NAFTA o la Unión Europea. Hasta ahora, esta función le correspondía al presidente «pro tempore» del grupo, a falta de un sistema institucional más vigoroso. El cambio de punto de vista del ministro de Economía fue tan notorio que pasó de pretender un acuerdo de asociación particular con el NAFTA a proponer que las negociaciones las realice un representante del grupo, lo que supone una cesión de autonomía hoy inexistente.

El clima que encontrará Giavarini respecto de las medidas que adoptó el gobierno no es negativo. Es cierto que en la mayoría de los artículos publicados en la prensa se cree ver lo que la opinión informada brasileña viene esperando desde hace años: una devaluación del peso. Es eso y no otra cosa lo que se quiere ver en el desdoblamiento del tipo de cambio dispuesto por Economía.

En líneas generales, el viaje del canciller encontrará a un gobierno distendido con la Argentina -contribuyó para eso de manera decisiva el giro sorprendente que se verificó en Cavallo- y mortificado consigo mismo.

Giavarini paseará por los poderes del Estado y será agasajado por la diplomacia brasileña, que lo recibirá en su intimidad: hablará ante los alumnos del Instituto Rio Branco, donde se forman los miembros del servicio exterior. El titular del Palacio San Martín ya halagó a sus oyentes, ayer, publicando una extensa columna en «Folha de Sao Paulo», donde vuelve a jurar su compromiso con el proceso de integración, que es la niña de los ojos de Itamaraty desde hace más de 10 años.

Las declaraciones de afecto de Giavarini a Brasil y su gobierno operarán, tal vez, como un bálsamo para una gestión tan castigada como la de Cardoso. El malhumor que ganó a la población brasileña, sobre todo la de las grandes ciudades, se ha vuelto casi asfixiante y logra empalidecer al que pesa sobre la Argentina al cabo de tanto estancamiento económico. El motivo de ese estado de ánimo, que afecta a una sociedad casi maníaca en su optimismo y buen temperamento, es un apagón que, se «promete», durará hasta fines de 2002. El impacto de esta situación sobre la política va de lo pequeño a lo importante. Por citar un caso: Lafer no podrá invitar a Giavarini a comer, como es de estilo, en el Palacio del Ministerio de Relaciones Exteriores. Deberá recibirlo en su casa -en rigor, la que le proveen en esa especie de country estatal que es Brasilia- y ofrecerle una cena a la luz de las velas, lo que, en este caso, no tiene que ver con el estilo, tan sofisticado, del canciller brasileño, sino con elementales razones de ahorro energético.

• Multas

Si fuera a una casa de familia común y corriente, Giavarini soportaría las mismas restricciones. Cada brasileño debe consumir la mitad de la corriente eléctrica que consumió históricamente y, si no lo hace, tendrá que afrontar el pago de una multa y, finalmente, el corte drástico del servicio. El apagón tiene consecuencias domésticas capaces de corroer a cualquier gobierno (furibundos «fernandohenriquistas» califican hoy al gobierno del sociólogo como «el peor de la historia de Brasil»), pero los efectos también se extienden a la vida colectiva. En Rio de Janeiro, sólo se respetó la iluminación del Cristo Redentor, y San Pablo se ha vuelto una megalópolis fantasmagórica, capaz de aumentar su mala fama de insegura y peligrosa ahora que quedó a oscuras.

Si el corte energético, que se atribuye abiertamente a la imprevisión del gobierno, tiene contra las cuerdas a Cardoso, la composición de la coalición que viene administrando el poder en Brasil está aquejada por razones menos brutales. En primer lugar, tuvo una fisura importante con la caída de Antonio Carlos Magalhaes, el ex presidente del Senado que regresó al llano bahiano susurrando denuncias contra el gobierno nacional. Mientras tanto, florecen los candidatos, pero en la vereda opuesta al oficialismo: van desde Itamar Franco, el díscolo gobernador de Minas Gerais, hasta -de nuevo- Luis Inacio Lula Da Silva, eterno postulante del PT que hoy cree, con más derecho que otras veces, llegada su hora. Después de todo, hoy puede ser más probable que Lula sea presidente a que Cardoso construya un sucesor, tal es el estado depresivo que rodea a la política oficial.

En este contexto, los elogios y bienaventuranzas de Giavarini pueden resultar un maná inapreciable para Cardoso y los suyos. Tan mal están, que apreciarán la bendición, aunque provenga de un gobierno sumergido en su propio «infierno astral».

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