Crisis cobra víctimas entre bancos pequeños
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Ben Bernanke
Ya en el primer trimestre, los quebrantos netos (charge-offs) ascendieron a 19,6 mil millones de dólares (139% más que un año atrás) devorando, si se anualiza su incidencia, 0,99% de la cartera total de préstamos. Se trata del guarismo más elevado desde el cuarto trimestre de 2001, cuando la economía emergía de la última recesión. Curiosidad: la tasa de pérdidas en las instituciones más grandes (con activos superiores a mil millones de dólares) fue tres veces y media mayor que en las de pequeña envergadura.
Las penurias, por cierto, no se agotan aquí. En la antesala previa a la declaración de un quebranto, los préstamos en situación irregular (con atrasos de 90 días o más) se multiplican como peces en el agua. Tras crecer en 27 mil millones de dólares el último trimestre del año pasado, aumentaron en otros 26 mil millones (23% interanual) en los tres meses a fin de marzo. Todas las categorías participan del movimiento al alza, pero las líneas inmobiliarias acaparan 90% del volumen total. De un trimestre a otro, la tasa de préstamos en situación no corriente trepó de 1,39% a 1,71%. Hay que rastrear más allá de la recesión de 2001 -y remontarse hasta el lejano primer trimestre de 1994- para hallar un valor superior. El fenómeno, además, no encarna un hecho aislado: más de la mitad de los bancos -52%- compartió esa pesadez en ascenso.
La respuesta de las entidades aseguradas por la FDIC consiste en un paralelo incremento de sus provisiones para afrontar pérdidas que, en el primer trimestre, se hincharon en 37,1 mil millones de dólares (17,5 mil millones más que las reservas consumidas por los quebrantos). En la carrera entre la constitución de provisiones y el deterioro terminal de la cartera, las reservas conservan la delantera. Pero cuando se considera la evolución de los préstamos irregulares, las provisiones, a este ritmo, no logran mantener el paso. Su ratio de cobertura cayó por octavo trimestre consecutivo y es el más bajo -89 centavos por cada dólar de atrasos- desde 1993.
De ahí, el impulso de la FDIC a distintas iniciativas para atajar el alud inmobiliario. En esa actitud, Bair prestó apoyo intelectual a la propuesta de la Alianza Hope Now (que propició el congelamiento voluntario de las tasas de las hipotecas subprime ajustables) y ahora promueve la concesión de préstamos del gobierno a bajo costo -y con un período de gracia de 5 años- que permitan la cancelación parcial del principal de hipotecas en situación resbaladiza. La idea (original de Martin Feldstein) es que quienes reciban esta asistencia puedan pagar 20% de su deuda y reestructurarla a tasa fija. A cambio, el Estado tendría la prioridad de cobranza ante la venta de la propiedad (o una eventual refinanciación hipotecaria). La FDIC calcula que con un fondo de 50 mil millones de dólares podría enderezarse la suerte de un millón de hipotecas (y salvarse igual número de casas de un cartel de remate). La corporación alega que, con un diseño adecuado, el esquema no sería un bail out (rescate) y el contribuyente no quedaría expuesto a un riesgo de incumplimiento. La posición de la titular del FDIC, Sheila Bair, es clara: la intervención oficial temprana es mejor, y menos onerosa, que una política de barrido de los escombros después de los hechos. Es la lección de la crisis de los Savings & Loans (bancos de ahorro y préstamo para la vivienda) de los 80 y los 90. Convulsión que, para la FDIC en particular fue una experiencia terrible. Los bancos en problemas, en 1990, no eran 90, sino 1.496 (de un universo entonces superior a 15 mil). Y no cayeron 4, sino 382 (y 271 un año después más otros 181 en 1992).



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