Estado debe financiar pago de los salarios

Economía

La estructura productiva de las empresas y la masa laboral, las dos cosas a cuidar.

¿Habrá que resignarse a una cuarentena con idas vueltas, pero cuarentena al fin, por tiempos muy prolongados? La pregunta es relevante no sólo para que cada argentino pueda realizar una mínima planificación de su vida y la de su familia, sino también para poder hacer una estimación de cómo puede funcionar la economía en su conjunto y qué medidas se pueden encarar.

Responder esto es crucial. Al respecto, aún resuenan en los oídos de los memoriosos las palabras de AngelMerkel, quien advirtió que entre el 50% y el 70% de la población mundial se contagiaría. Merkel no hablaba “por boca de ganso”, sino que lo hacía tras recibir completos informes de epidemiólogos alemanes. Algo similar dijeron aquí el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires y varios epidemiólogos más. Si es así, habrá que prepararse para cuarentenas más severas y más leves -pero cuarentenas al fin- alternándose en vastas zonas del mundo, al igual que en el país. Cuando se habla de que la salida de la cuarentena será una “nueva normalidad” en realidad lo que se quiere decir es que no habrá una salida real de la cuarentena sino que lo ideal sería que la misma pueda hacerse lo suficientemente leve como para que tenga muchos componentes de lo que hasta hace solo un trimestre atrás fue la normalidad. Ahora, volver al ritmo de vida que teníamos en febrero pasado, o sea, a la total libertad para alejarnos o acercarnos entre humanos, solo podría hacerse si aparece una milagrosa vacuna o un tratamiento lo suficientemente barato, potente y efectivo para tratar a la enfermedad en sus primeros estadíos.

De otra manera, al ritmo de contagios que vienen registrándose en el mundo de casos detectados (entre 75.000 y 100.000 al día de casos con síntomas) la realidad es que podrían tardarse años -muchos- en vencer de manera completa a la enfermedad si no aparecen drogas efectivas o si la misma no desaparece casi mágicamente. Por eso se habla de “nueva normalidad” como fin de la cuarentena. Así dadas las cosas puede pensarse que las diferentes economías del mundo van a necesitar estímulo fiscal y monetario por prolongados períodos, lo que puede llevar los niveles de deuda pública en muchos países a guarismos muy elevados, los cuales, sin embargo, podrían seguir siendo tolerados en la medida que las tasas de interés puedan seguir durante tiempo prolongado en bajos niveles en la gran mayoría de las naciones

Ahora bien, cuando se habla de estímulo fiscal y monetario no se está diciendo nada acerca de qué tipo de estímulo, a qué componente del PBI debe canalizarse. Vamos a intentar clarificar ese punto. Pues bien, mientras las cuarentenas no cedan de una manera muy importante en forma generalizada el comercio mundial no va a reactivarse lo suficiente como para volver a los momentos anteriores a esta crisis. Tampoco puede presumirse que pueda recuperar una parte mayoritaria del terreno perdido en estos meses. Por lo tanto, ensayar estímulo fiscal y monetario -e incluso cambiario- direccionado a la exportación puede terminar siendo contraproducente. Basta imaginar, por ejemplo, los costos y las distorsiones que implicaría producir grandes cantidades de bienes de forma trabajosa en una cuarentena, que luego hubiera que almacenar, guardar o apilar en espera de mejores épocas para vender al exterior. En tal caso el estímulo pierde buena parte de su efectividad, dado que en algún momento habrá que volver a parar la producción por sobreoferta de bienes exportables sin vender.

Tampoco un incentivo fiscal o monetario a la inversión en las presentes condiciones tiene mucho sentido. Supongamos que se direcciona una baja de impuestos para que las empresas inviertan y produzcan más. ¿Cuántas podrían tomar tales medidas en serio en un contexto de cuarentena? Además, dada la capacidad instalada ociosa que hay en vastas áreas de las diversas economías es muy probable que los incentivos a la inversión quedaran sin utilizar malgastándose así una buena parte del estímulo monetario y fiscal que se haya canalizado a esas áreas.

Queda finalmente la posibilidad de incentivar el consumo privado o el gasto público. Y estas parecen ser las armas más poderosas con que hoy cuentan los países para salir de las duras recesiones que la expansión del coronavirus ha producido. Frente a la situación actual los consumidores han retraído en forma masiva su gasto por la imposibilidad de consumir una vasta cantidad de productos cuya venta está afectada por las cuarentenas y porque en épocas de crisis agudas y gran incertidumbre el consumo suele retraerse.

Es ahí donde hay que focalizarse hasta que la pandemia ceda de manera muy perceptible. En tal sentido la idea de que el Estado financie una buena parte del pago de los salarios de empresas que no alcanzan a hacer pie parece ser una idea muy adecuada a las presentes circunstancias. Representa una combinación de incentivo al consumo privado y gasto público destinado a mantener y preservar lo más posible las dos variables que más hay que cuidar en las actuales circunstancias: la estructura productiva -o sea la cantidad y calidad (entendida por nivel de endeudamiento)- de las empresas y la masa laboral empleada lo más intactas posible. Luce correcta la estrategia macroeconómica que sirvió de respuesta a la crisis sanitaria internacional.

También resultó muy afortunado para el país el hecho de que no hubiera enormes -en tamaño o en monto- inversiones a medio realizar ni un incipiente y pujante sector exportador industrial o del área de servicios comenzando a florecer a inicios de este año, porque la actual cuarentena, o incluso una eventual “nueva normalidad” habrían dañado quizás de manera irreparable esos rubros. Lo que parecía una maldición para el país -la inexistencia de un sector exportador pujante que no tenga que ver con las exportaciones tradicionales del agro y la inexistencia de una gran dinámica inversora- protegen en cierta medida al país de una recesión mucho más profunda que la que se avizora

. Ahora bien, no todo es a pedir de boca -dentro del infortunio que significa sufrir la pandemia-. Ocurre que si bien Argentina está asistiendo a su sector privado precisamente donde hay que hacerlo, la falta de fuentes de financiamiento puede distorsionar y empequeñecer el efecto. A diferencia de naciones desarrolladas y de muchas en vías de desarrollo la Argentina está inmersa en un proceso de alta inflación, lo que marca que el único camino que hay en el país para efectuar estímulo monetario y fiscal, la emisión monetaria, puede constituirse en un terreno resbaladizo del cual se puede desbarrancar la economía. Cuando se dice esto normalmente viene la misma pregunta de siempre: ¿hay riesgos de que el país sufra una nueva hiperinflación? Pues bien, por un lado la crisis sanitaria implica un nivel de presiones deflacionarias en vastos sectores de la economía -el principal de ellos la baja de salarios en vastos sectores- que ayuda a contrarrestar el efecto indeseado de la emisión monetaria. En segundo lugar, la Argentina está comenzando este proceso de emitir moneda para subsidiar empresas y empleos. El proceso no está lo suficientemente avanzado como para correr ese riesgo.

Es cierto que el nivel de emisión es muy alto. Pero también es cierto que con la crisis sanitaria aumenta la necesidad de contar con pesos en los bolsillos por motivos precautorios y además hay margen para contrarrestar al menos una parte del efecto inflacionario de la emisión monetaria con suba de encajes bancarios. Quizás haya que soportar una inflación creciente -puede o no ser así, según la fortaleza de las presiones deflacionarias subyacentes-. Pero aún cuando la inflación resulte creciente es muy difícil que la misma se transforme en hiperinflación. Para ello sería necesario que se caiga en tasas de emisión monetaria cercanas al descontrol -o sea, siempre crecientes- y que no haya margen para utilizar las reservas del BCRA, sea porque estas se extingan o porque no haya disposición de usarlas.

Mientras estos dos factores no se den de manera conjunta se puede pensar que aún un fuerte estímulo fiscal y monetario no generarían una hiperinflación. Hay margen para seguir ayudando a empresas y empleos unos cuantos meses. ¿Y después? Después habrá que ver. Todo plazo que trascienda la propia semana en que se vive, en este contexto es largo plazo.

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Walter Graziano y Asociados

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