27 de junio 2001 - 00:00

Cupones bursátiles históricos

Fecha: 30/12/'97

Si el lector recuerda, en una contratapa de «Penny Lu», de los lunes, apareció dentro de una viñeta de prismáticos una simple frase de ex un alcalde de Nueva York cuando la ciudad debió presentarse en bancarrota, allá por 1985. Esta decía: «Una crisis es como hacer el amor con un gorila. No paras cuando te cansas. Paras cuando se cansa el gorila...».

A esta altura, ya había voces que hablaban de los asiáticos como «problema superado» (recién había aparecido lo de Hong Kong) y una vuelta a la normalidad. Puro voluntarismo. Para dialéctica de escritorio. Puro pontificar sobre la base de nada.

Y la frase sobre el gorila tomó cada vez mayor vigencia: y hasta parece que es todavía más brava. Porque cuanto más se habló de Corea en caja, de mercados que habían superado los temas, se fueron agregando otros. Y hasta la aparición de correcciones de estimados del FMI, acerca de crecimientos económicos para 1998. Gente desesperada, por haberse metido en amores con un gorila, y queriendo detenerse -detener la crisis- en el instante en que se le ocurriera. Pero, resulta que el gorila seguía dinámico, estaba con sus propias intenciones, y la gente tuvo que seguir aguantando: hasta que, naturalmente, porque todo termina, la crisis se canse. Ella. No nosotros.

Una contratapa que les debemos es sobre los «economistas en los mercados», tema que es muy colorido y didáctico. Pero, por ahora, nos interesa una deducción de esa intervención de intelectos económicos, análisis, predicciones, etcétera.

Y es que, siempre, los grandes movimientos de los mercados se producen por hechos no tenidos en consideración o no cuantificados en su magnitud, o totalmente imprevisibles y sorpresivos.

Claro, siempre después de ocurrir, aparecerá alguien que le diga: «Había un analista, o un economista, que advirtió sobre los asiáticos...». (Seguramente, pero hubo miles que ni se dieron por enterados, hasta que todo explotó.) Así como Guillermo Calvo se hizo de fama súbitamente, por haber resultado uno de los que habló sobre el peligro mexicano, también existieron todos los demás -algún buen número- que hasta recomendaban México una semana antes del Tequila. Y la excepción gana celebridad, lo que demuestra elocuentemente que al público y a los inversores les sirve de poco. Porque, de paso, cuando hay muy pocos hablando en el otro lado de la mayoría, lo más común es que se los aísle y nadie les quiera prestar atención. Y la masa de los que detienen crisis de «pico», o tirando dardos al azar, resultan muchos de los que no veían venir ningún peligro. Pobre.

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