22 de noviembre 2000 - 00:00

Cupones Bursátiles

El Estado, en sus necesidades, mide cada vez menos su grado de avasallamiento a las personas y extiende los garfios, ante la pasividad general. Es que la palabra «crisis», así como antes fue la titulada «saqueos», o bien la compuesta: «hiperinflación», resultan términos reflejos, contienen un poder absoluto, paralizante, narcotizante acaso, y en medio de alguna de esas turbulencias se producen dobles efectos sobre la gente. Por un lado, el sálvese quien pueda, donde lo individual anula a lo social. Y, por otro, los vacíos que se crean y que son velozmente ocupados por el Estado agresivo. En pocos días, varias muestras de esto, que comienza por el recorte a las futuras jubilaciones y donde la persona que ha engrosado su cuenta por años y años, debe asumir que se le diga que no recibirá lo que le corresponde: sino aquello que le marque un gobierno de turno. El mismo Estado, que muy sumiso dice que los compromisos con los acreedores son sagrados y que se deben respetar, ni duda en cambiarle las reglas al ciudadano, sin respetar nada de lo pactado antes. Otra muestra, el arancelamiento de ese instrumento llamado «cheque» cancelatorio» y tras lo cual, es simple entender que: la persona está obligada a poseer una cuenta corriente, u otro mecanismo bancario, so pena de tener que pagar por no tenerlo: ergo, está prohibido que alguien tenga su ahorro en efectivo, en su poder, si así lo tuviere quedará penalizado con una tasa fijada para obtener un cheque. Pero, detrás de tan endemoniadas ideas, el Estado y sus funcionarios no se detienen. En la desesperante necesidad de quedarse con dinero del circuito local, fomenta la creación de «Fondos Comunes»: que se nutrirán solamente de títulos públicos. No solamente se detiene en ello.

Coloca un segmento que irá a aspirar fondos al sector privado, el productivo, y establece otra de sus competencias desleales: porque la idea será promocionada mediante publicidad gestada, y pagada, por el propio Estado, en detrimento de las entidades que deben sostenerla de su propio patrimonio. Si esto no es un modo compulsivo de atrapar un segmento del ahorro público, es difícil hallar algún otro modelo que lo iguale.Y a cada gobierno que se sucede, más fábrica de ideas para pasarle por encima al ciudadano. Es como si el Estado fuera de los funcionarios de turno, no de la gente que habita este suelo, y que no tuviera ningún límite para respetar en la invocación de las «necesidades y urgencias». Frente a un tablero de muescas que se suceden, de reglas que pueden ser dinamitadas, de normas que se derogan a gusto y voluntad, está parado el simple nativo de estas tierras: que advierte en el Estado un enemigo pertinaz, ladino, carente de principios y huérfano de ética. Pero, además, se llega al absurdo de pretender que los avasallados inviertan, ahorren, contribuyan a la obra social, y paguen las fiestas de errores de cada gobernante ido. El Estado nunca advierte por quién doblan las campanas... Y es su ruina.

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