Ampliar hasta 80% -por ahora, claro- el derecho de los Fondos Pensión a poseer títulos públicos en cartera es otro de los pasos del Estado y su desesperación para comer dinero del circuito privado y llevarlo a sus arcas. En tanto, se pregona la búsqueda de una pretendida reactivación, que se da de frente con esa política de secar totalmente la plaza y no dejar resto para el consumo, ni resto para mover inversiones de índole privada. Sabiendo, además, que el modo de colocarles títulos a los Fondos es poco menos que compulsivo, al sí o sí, y haciendo que miles de ciudadanos comunes que aportan a la jubilación no estatal colaboren con su dinero para tomarle títulos, en lugar de quienes deberían tomarlos y no quieren saber nada. Qué irá a pasar con esta bola de nieve que han formado en los Fondos Pensión, hablando hacia unos años adelante, tal vez lo podría responder algún directivo de Fondo: pero, en la medida que el país no salga bien parado de sus nuevas piruetas, el compromiso asumido en la cartera es explosiva. Curiosamente, no hay quejas en superficie acerca de estas jugadas oficiales que han ido corriendo el porcentaje en las entidades para llenarlos de papeles que están devaluados en el concierto mundial, por más que les hayan dado aquella curiosa cláusula a los Fondos de poder contabilizar la tenencia siempre a valor nominal y no de mercado. Una fantasía que, a efectos contables funciona, otra cosa resultará si en la práctica las emisiones no son respondidas en tales términos. Abuso tras abuso, también a partir de ahora se podrán comprar ciertos títulos de modo minorista, sin ningún tipo de costo, en esa cruzada de «ahorre en el país» y que distingue entre el papel que es estatal, de los que son privados. Otro intento de succión sobre las migas de capital que puedan estar dando vueltas, incluso con esa diferenciación de no llevar gastos de adquisición, mientras que otros tipos de activos los llevan encima. No hay manera de restablecer confianza, basado en que nunca se sepa cuál resultará la siguiente jugada de quienes tienen el poder de variar las reglas, o inventar chicanas, y lo hacen de modo permanente. Sin capital de riesgo que quede a la vista, el sector accionario se seguirá debatiendo en ruedas lamentables en volumen, como la del lunes con ocho millones, en un plan de extinción de la fuente que hará meditar muy seriamente a las sociedades sobre el verdadero sentido de cotizar en Bolsa. Y si se lo plantean, y no encuentran mucho sentido, no se los podrá acusar. Si un dique corta el agua para la indispensable fuente donde abrevar, hay que ir a buscar a otra parte. Y a nadie le importa.
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