¿Cómo se puede entender un sistema democrático donde uno de los poderes avance sobre el otro, arme estratagemas, condicione nada menos que a la Justicia?... Seguimos, en lo que ya es un país risible -que es un grado más allá de ser un país triste viendo a diario y con total naturalidad de parte de la sociedad, novedades como éstas: «El gobierno intenta evitar que el ajuste se trabe en la Justicia...» «El gobierno quiere aval de la Corte...» «Temen una impugnación judicial a algunas medidas acordadas con el FMI...» Y cómo se completa esto, con sus protagonistas: pues, Colombo y Cavallo reunidos con los nueve miembros de la Corte Suprema.
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¿No nos habían enseñado, de chicos, que la Justicia es independiente? Se supone que si los jueces objetan algo, alguna medida, algún acuerdo, lo que fuere, es simplemente porque vulnera algunos de los principios legales que constituyen el marco para moverse. De lo contrario, darán luz verde a este tipo de negociaciones con organismos foráneos. Muy sencillo. Pero para nuestro medio, nada es claro y sencillo. Y lo que nos salta a la vista -al menos, a nosotros- es que se han firmado y acordado puntos que vulneran principios legales, o constitucionales, o algún marco y límite que no debe atravesarse. Muy sueltos de cuerpo, nuestros funcionarios van en yunta hacia los miembros de la Corte a pedirles que no se interpongan. En una palabra, que piensen lo que piensen y juzguen lo que juzguen, no se entrometan con el acuerdo...
No importa qué es justicia, solamente interesa que se preste complicidad de pareceres, al margen de lo que se pueda interpretar. Y con este sistema, y estos gobernantes, es que estamos en el tercer milenio. Cabe agregar, con estos jueces que en vez de rechazar cualquier visita interesada de personajes del poder que irán a presionarlos, se prestan a la charla y a cocinar de espaldas a la gente... Mientras esto sucede (esto y mucho más, que cada vez huele peor), el mercado nacional de acciones trata de seguir operando. A veces consigue un juego parecido al de los centros normales, otras veces ensaya algún simulacro, últimamente incorporó ciertas ruedas ridículas y que hubieran merecido clausura de operaciones a mitad de recorrido. Para evitarnos la vergüenza de ver un recinto totalmente marginado de los intereses de capitales propios y extraños. Quedando los desconocidos de siempre, buscando hacer un dinero en el día por día, hasta por allí llegó la señal de alarma: con una rueda como el miércoles, donde los Mervales se achataron entre sus puntas y sin dejar margen para entrar y salir, ni siquiera la sensación de jugar a la Bolsa y sentir las emociones del comprar y vender velozmente. Cuesta, cuesta cada vez más suponer de qué modo recuperaremos algún ritmo de crecimiento.
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