24 de diciembre 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Lo mejor que les podemos ofrecer a los consecuentes lectores -amigos- de esta columna es la sinceridad del proceder. A quienes son críticos de estos cupones, y está muy bien que los haya, también les brindamos el poder de la veracidad como para que ella nos escude. Que, como bien se sabe, no significa estar diciendo siempre la verdad, sino, expresar la realidad del pensar, que podrá -o no- coincidir luego con la verdad. De allí que siempre elegimos el riesgo del descrédito, por dejar carillas escritas desde bastante antes de un suceso (dos días antes, para precisarlo) antes que levantarlas a último momento, si es que lo allí descrito no coincide con los muchos verdaderos posteriores. Obvio, hemos tenido «chingados» históricos y pasible de ponernos colorados, al saber que los lectores podían cotejar nuestra equivocación y el hecho real. También, el riesgo de que -al revés- algunos pudieran quejarse por leer material que parece viejo, ante los acontecimientos. Y así, en la columna del viernes surgíamos hablando todavía de las desavenencias y el desequilibrio de Cavallo, o los juicios exterior que ponían una lápida a toda posibilidad de encauzamiento económico: todo esto, cuando ya los hechos habían bajado el más triste telón, de los que se tenga memoria en nuestra historia. Simplemente, porque esta vez no se le podía echar culpas a nadie, quedando desnudos, de toda desnudez, los gobernantes expulsados por la ciudadanía armada de cacerolas, de palos, sin líderes, y marchando bajo un mismo lema hasta formar un verdadero ejército de civiles. Solamente en la cruzada de Malvinas pudimos ver algo similar (no igual) de una tremenda igualdad de clases, yendo coco a coco a terminar con un estado de cosas: ya insoportable.

Hoy hay que tener cuidado, porque nuevamente están los que aprovechan la ocasión para volver a subirse al carro. Entre ellos, muchos economistas locales que debieran abstenerse de opinar en absoluto (porque han sido cómplices de apoyar a ministros y políticas, a lo largo de esta dolorosa decadencia). Ni que hablar de los ámbitos donde lo que ahora se critica fuera aplaudido a rabiar, o de analistas que velozmente cambian de camiseta y juegan ya en el equipo que llegue. En tiempos tan delicados, lo mejor que puede hacer el ciudadano, el inversor, es catalogar. Recordando a los personajes que salgan a pontificar o a hacer de «gurús», en función del pasado y que habían dicho en cada ocasión. Filtrar muy a fondo, tachar a los que no corresponda escuchar más, tal como se hace más fácilmente con los políticos: aunque allí tampoco el castigo del destierro del terreno público que muchos merecen, actúa por mucho tiempo. Hoy, nuestro temor paga por observar muchos mariscales de la derrota queriendo desempeñar roles triunfales.
Lamentable.

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