10 de octubre 2002 - 00:00

Cupones bursátiles

Hay que apretar la marca, no con legislaciones que espanten la posibilidad de obtener lo que hace falta en nuestro mercado bursátil: empresas serias, cotizando. Pero sí, para fijar claramente las reglas de juego a que deben atenerse los que pueden acceder a dispersar sus acciones, obteniendo capital fresco sin costo, más el valor agregado que otorga el estar en la vidriera de la oferta pública, respetando como debe ser a sus nuevos adherentes, la «minoría».

No estamos en tiempos felices, desde hace un buen rato, y siempre la Bolsa resulta espejo de lo que sucede en las sociedades, en cualquier esfera. Encontrar la bisagra que fue derribando vallas conceptualmente bien ideadas, desde la Ley 17.811, y a las que sólo había que remozar para adaptarlas a nuevos giros y modalidades que se fueron dando desde 1967 -año de aquella ley-es hallar también el inicio de todos los desaguisados que se cometieron en el país y en su economía.

También en ese espejo se advierten las facilidades otorgadas para pecar, pero sin molestarse en revisar y poner en forma a los debidos castigos. Cierto es que la corrupción, la inmoralidad, el atropello, se puede encontrar en todas latitudes y lo que sucedió en Wall Street (por enésima vez en su historia) con los escándalos de las empresas y sus balances falseados, es la mejor muestra.

Pero, el asunto pasa por el andarivel de cuando se detectan infracciones, se investiga a fondo, se llega al hueso de los asuntos y -después-velozmente se disponen a repartir penalidades. Hace unos días apareció la noticia acerca de un alto directivo de la
«Enron» sobre quien se pedirán no menos de 25 años -de cárcel-por su delito económico.Y nadie se escandaliza por suponer que tal personaje, vaya a parar donde va cualquier otro tipo de delincuente. Por aquí, siempre tratando de copiar lo que facilita los negocios y los desvíos, pero sin nunca revisar el glosario de castigos que utilizan los centros desarrollados, seguimos con multitas pueriles; ni por asomo puede pensarse en algún empresario deshonesto, que reciba castigos de máximo rigor.

Todo se sintetiza a ese catálogo de farsas que maneja la
Comisión de Valores, de repente castigar con unos pesos a quienes han incurrido en serios atropellos sobre la vida de sus acciones y perjudicando a todo tipo de inversor. ¿Cuándo llegará el tiempo de poner en orden las funciones originales de la CNV, devolverle la autarquía plena y, junto con ella, un código de penas que les sirva de escarmiento a los pecaminosos?

«Es esto hacer huir a las empresas», dirá el que sigue queriendo que todo sea un campo orégano para las diabluras. No, para la gente que se comporta correctamente no hay ningún tipo de riesgo. Inclusive, es una buena válvula de seguridad para los propios grupos de control: porque los que cometen tropelías desde el otro lado, también estarían encuadrados en los debidos castigos. Limpiar la superficie, está plena de ramas de hojas,
es una selva...

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