...Ya ni octubre es el mismo, diría el nostalgioso, a partir de resultados que vieron un buen andar de los recintos de riesgo y con marcas jugosas, tanto en Wall Street, como en San Pablo, o Buenos Aires.
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El inversor porteño contó a favor con un dólar que se depreció, no solamente porque -en dólares- 10% ganado recibió la «yapa» del rebaje de 6% en el billete sino porque se le borró un competidor serio en eso de capturar el único capital disponible. Y el otro, la tasa oficial, con su tendencia a la baja, fue también restando atractivo para los que se habían acostumbrado a colocar dinero y hacer diferencias en alza permanente.
El décimo mes, el de los legendarios problemas, el tantas veces tratado en análisis para saber los motivos de sus agachadas fenomenales, esta vez se comportó más que bien y a pesar de un arranque que daba miedo y un final donde reaparecían los tropiezos. Es posible que haya sido así, porque los pensados «meses buenos» tampoco responden ya a su estadística histórica y salen hacia cualquier dirección, sin miramientos. El mundo bursátil está convulsionado, se han vivido muchas horas tensas en todas las regiones y este año marcó un «destape» de lo más desagradable en las familias de Estados Unidos que colocan dinero a renta, con total confianza: sus empresas son capaces de estafarlos, de dibujarles balances, y hasta de presentarles quiebra súbita.
Las heridas profundas no se restañan fácilmente en mercados de riesgo puro, justamente basados en los «fiduciario», en la confianza plena. Restablecerá contacto popular, enhebrar tendencia firme le llevó a la Wall Street del '29 varios años y, para muchos, recién con la llegada de la nueva guerra, se pudo disipar el clima de «crisis» que perduraba. Quizás, debamos acostumbrarnos a un mundo bursátil del tercer milenio que incorpore la volatilidad permanente, los ciclos cambiantes de manera repentina, como una faceta habitual. Acaso, resulte inimaginable suponer otra década de aumentos consecutivos, de un Dow que se elevó hasta los «10.000» puntos en una tendencia extendida y haciendo los clásicos «serruchos» para, después, volver a subir por encima de la última marca máxima. Está en juego todo lo ortodoxo, lo que se ha librado a través de siglos de una inversión que se trasladaba de una a otra generación, con ciertas reglas de oro. Una Bolsa, un polvorín de barriles llenos de riesgo y sin ningún tipo de seguro, que haya perdido sus marcos, que no tenga los mojones referentes para que la multitud se moviera por un camino distinguible, pondría a la actividad dentro de una zona roja, una anarquía de causas y efectos, de acciones y reacciones, de premios y castigos, que la tornarían un temido juego de azar. Con lo cual, el viejo modo de atacarla -por parte de los que no la quieren- se haría realidad ¿Y todo esto, por qué se armó en la columna? Porque ni octubre, ni los balances, resultan hoy lo que eran...
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