7 de mayo 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Discutir, por estos tiempos infelices, si la Bolsa de Comercio debe ser una «entidad civil sin fines de lucro» o si, por el contrario, tendría que reformularse a modo de «sociedad anónima» es totalmente desaconsejable cuando lo primero que hay que dirimir es cómo se pueden implementar políticas para que vuelva a ser una Bolsa. A menos que se crea que lo que atenta contra su prosperidad es el marco legal en que se inscriba y no en las ideas de prosperidad bursátil, que son las que han faltado a través de las décadas. Siendo, inclusive, suplantadas por ideas que iban directamente en contra de la prosperidad bursátil. La resultante de no aportar en favor, pero de hacerlo en contra, es lo que hoy se observa: un conjunto cuasi profesional, donde el gran público está totalmente desinteresado por lo que suceda en la Bolsa. Con no más de 4.500 asociados, una cifra alcanzada ya en 1890 y en tiempos donde todo recinto le quedaba chico apenas al inaugurarse y que hacía una necesidad del tener que ampliarlo.

Allá por los '80, de este siglo inmediato pasado, la discusión pasaba por si Buenos Aires debía acomodar sus sistemas a la tecnología, si el «viejo recinto» ya no cumplía con las necesidades, si la vigencia de las pizarras y las anotaciones «a tiza» conspiraban contra el crecimiento.

El moderno recinto actual, titulado como «el anexo», tuvo sus idas y venidas y sus regios frenazos políticos, con mucha gente a favor -y en contra- de hacer el cambio. Se consiguió dar el paso adelante, ubicar a Buenos Aires a la altura de lo mejor en la región y sin pasar vergüenza con muy buenas plazas de las desarrolladas. Con capacidad informática, para ya no tener que andar haciendo tediosos recuentos de volúmenes y entregando los totales recién dos días después.

El tiempo demostró que no era el «atraso tecnológico» lo que impedía a nuestra Bolsa constituirse en un mercado de capitales poblado de lo que debe estar: de muchas sociedades cotizantes, de buena tecnología, de buenos profesionales, y de una inserción en lo popular para que se hiciera, a la vez, grande y transparente.

El resultado a 2003, donde parece que brota esa concepción de discutir qué forma debe poseer la Bolsa de Comercio, es que estamos despoblados de sociedades y con un «ausente» bien grande, en capitales populares. Poco queda también del recinto «voceado», lo que puede dar eficiencia y practicidad en cuanto a operar por pantallas, pero le quita cada vez más el necesario calor humano presente, que debe cobijar a un recinto bursátil: para que no se convierta en un simple plazo fijo. Qué bueno sería estar dirimiendo cómo llevar adelante una política agresiva, para recapturar aquello que es esencial al sistema y que no está. Que las polémicas estuvieran radicadas en distintos enfoques, estrategias, pero con la única finalidad de dejar la pobreza que nos invade. No nos vamos a internar en lo que es la discusión que emergió en los días de elecciones de la Bolsa, porque estamos seguros
no lleva a nada.

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