4 de junio 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Tiempos nuevos, vicios viejos. Anécdotas de «picardías» de 2003 que bien podrían integrar la larga lista de la zona de los «locos años '20" -antes del derrumbe de 1929- o todavía mucho más atrás, de cuando la Compañía de los Mares del Sud o de la romántica historia de la fiebre por los tulipanes en Amsterdam, del 1600 (la «tulipmanía»). Pero no, quizá como para refrescar un poco la modernidad, plagada de cables y de pantallas de cristal líquido, dos caraduras personajes se mandaron una de aquéllas... Acaso el lector lo ha leído días atrás, pero como tal noticia aparece en recuadros que completan páginas, por ahí se lo perdió.

El asunto era así: la famosa publicación financiera «Business Week» edita un suplemento dentro del semanario que se denomina «Inside Wall Street» («Adentro de Wall Street»). Pues bien, los dos Gregory -llevaban el mismo nombre de pila- advertían que una vez aparecida en los quioscos la revista, todas las acciones que nombraban en el suplemento con algunas noticias sabrosas, inmediatamente trepaban de precio. Una vieja fórmula de la Bolsa y de los negocios en general es la que profesaba Aristóteles Onassis con el: «Yo lo vi primero» y que tiene una resolución muy simple. Onassis le dijo a una periodista, que le requería revelar el secreto de su fortuna: «¿Ha visto usted esa lámpara, que está en mi escritorio?» La joven respondió: «Sí, la vi». Y el viejo zorro le remató: «Bueno, yo la vi primero...» Con el mismo principio, llevado a 2003, los dos Gregory estudiaron cómo podían hacer para llegar primero que los demás a esos datos.
  
Fueron a la fuente: a la imprenta donde se edita la publicación. Lo demás fue por extensión. Encontrar dos empleados infieles que -simplemente- les permitieran a ellos poder ver qué acciones se nombraban en el suplemento en cuanto salían los pliegos. Obviamente, mediante generoso pago a los empleados se había organizado una rutina: leer, comprar, esperar que la revista llegara a los quioscos y al otro día estar haciendo la diferencia. La tramoya tiene un sabor tan añejo, un aroma tan a pergamino, un color sepia de los papeles viejos... que más que para enojarse, da para emocionarse. Claro, como allá existen fábricas de picardía, de trampas de mercado, y de todos los chiches de los que después culpan a los mercados emergentes, también tienen un código de sanciones que estremece. Mientras nuestra CNV es capaz de jugarse con una «multita» para verdaderos desvíos de manipulaciones -como en varios grupos de control-, allá se detuvo a los cuatro implicados, pícaros y empleados, y están esperando para setiembre que les comuniquen las penas. Según reza la noticia, les pueden corresponder entre dos y cinco años de prisión, tal lo dicho por el fiscal. Imaginamos que a los Gregory los habrá vencido la codicia, quizás armaron tal bola de nieve semanal, con ganancias-compras-ganancias de jueves a viernes que arruinaron el simple negocio. No vaya a creer que por estos lares no se ha pensado muchas veces, cuando la Bolsa entraba en zonas de boom, más de una vez surgían quienes preguntaban en la redacción del diario qué comentario de balance iba a salir al día siguiente. Pero el rescate de una travesura de porte menor -igualmente fuera de lugar y de lo legal- fue el reecontrarnos con el fantasma de algún famoso especulador de los buenos viejos tiempos...

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