16 de junio 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

«Extra... Extraaa... Salió el Indice Lavagna», podrían vocear los canillitas, rememorando las épocas de «Crítica». Ya ha comenzado a rendir sus dividendos el haber tomado las riendas de los indicadores, a lo largo y ancho de la actividad, desplazando a un titular del INDEC, que no hacía coincidir los números con los deseos de un ministro. El asunto es quién irá a creerle a esos ratios, como los difundidos a inicios de la pasada semana: sobre nivel de pobreza y de indigencia en el país. Basado en una fórmula bastante inverosímil, como la que produce beneficios a partir de «una mejora de ingresos y una baja de precios en la canasta» (?), directamente el ministerio que conduce Lavagna, se hizo cargo de difundir los datos. Solamente faltaría organizar una manifestación jubilosa: de los miles que salieron de la pobreza (de 55% a 49%, 6%) y de los otros miles que abandonaron la casilla de la indigencia (de 35% a 22%, 3%). Esto es una señal clara de alerta, porque cuando también acapare toda la serie de indicadores económicos: puede llegar a mostrar un país tan floreciente, como cuando «alguien» lanzara la tan ingeniosa frase -en medio de la «híper» alemana- sobre: «estoy esperando la rebelión de los billonarios hambrientos...». Por las dudas, que no se acerque a la Bolsa, donde el viejo asunto de mezclar CEDEAR con acciones sería una anécdota, ante tal fabricante de ilusiones. Pero, como siempre sucede, se está en todos los círculos con el fatal costumbrismo de dejar todo el campo abierto al gobierno que recién se estrena, en una engorrosa y falaz teoría de no poder objetar nada, al principio. Lo dijo claro uno de nuestros acomodaticios legisladores: «Es costumbre del Congreso, aprobarle todos los proyectos que envíe el Ejecutivo en sus primeros meses (?)». Y lo aprovechan bien.

No, muchachos. Se supone que los representantes del pueblo deben estar dispuestos a trabajar, y legislar con propiedad, en todo momento: si se observa bien, los primeros pasos mal dados socavaron el piso de casi todos los gobernantes que, después, terminaron como lo hicieron. Se parece a la tradicional teoría del jugador veterano: que sabe que el dar una patada brutal en los primeros minutos, está casi permitida por dos árbitros. Y funcionó mucho. También se parece a la costumbre de varios operadores, de esperar los últimos minutos para romper un precio y dejar como idiotas a una pléyade de colegas, que estuvieron operando durante la rueda. Puntuales vicios que conforman nuestros problemas de base, en todos los órdenes, que nunca nadie se digna a cambiarlos. Y lo que conlleva a seguir pensando que, en las raíces de lo que nos ha conducido a tan triste decadencia argentina, todo está intacto: buscando sacarle brillo a la copa del árbol, mientras dure, pero no haciendo nada para eliminar lo que carcome el tronco. Discutir algo, pedir explicaciones de algún asunto, aparece como una suerte de ponerle palos en la rueda al «nuevo».

Dejá tu comentario

Te puede interesar