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Capital, todo refinanciado, márgenes que conseguir para abonar los intereses, y tal vez el mejor derivado de un acuerdo tan conversado pase por tener que administrar mejor, ante la carencia de dinero fresco para financiar fiestas del gasto. Suponemos que la viabilidad de emitir deuda nueva también está sumamente congestionada, a menos que se forme una nueva liga de «inversores masoquistas», capaces de tener en sus manos otro bono argentino, tras ser defraudados hasta en yenes. Y, de paso, puede que ahora venga lo más dificultoso, porque como han quedado en el aire futuras obligaciones, más allá de 2004, la gente del Igor que formó ese ejército de acreedores individuales no puede estar para nada feliz con lo acordado. Porque siguen estando en el aire y a la cola de lo que suceda con ratios argentinos, para saber cómo se habrá de responder a esos títulos que suman varios miles de millones de dólares, que el país quería negociar con una importante quita. También se desprende -de positivo-que los empresarios tendrán que arreglar por las suyas los compromisos de deuda privada, sin que les tiren ningún mecanismo de salvataje o ayuda extra.
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