21 de octubre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

La actividad industrial bajó 1,4% en setiembre, respecto de agosto. Es un dato. Es una cifra estadística. Es para darla a conocer y que se extraigan conclusiones. Pero, la forma de la difusión, cargando el acento en el total del año, o cotejando a este setiembre con el de 2002, primero copó todos los frentes de información. Después, tibiamente, el apunte sobre lo último. Mejor que eso cifras «conversadas» desde varios puntos del ente oficial, cada uno aportando su propia explicación a la cifra. Todas buscando desestimar el flanco negativo, algunas ciertamente curiosas -como el citar «paradas de plantas de empresas que se preparan para la demanda futura...»- y una desesperación por decirle al ciudadano: no le preste atención. No importa. Es desechable.

La Bolsa parece tomar por el camino que les gusta a los funcionarios, ese viernes produjo lo mejor de la semana con dato del fundamentalismo siendo negativo: como lo es, que la actividad industrial decrezca.

No solamente para la Bolsa sirve aquello de Mouras y el peligro de: «los pilotos queriendo ir más rápido que el auto». La verdadera histeria en demostrar un avance arrollador, un índice de crecimiento significativo, armando tanto ruido previo, que cuando aparece un mes con la cifra en contra: hay que salir a desestimarla, tomar al ciudadano por idiota y, quizás, hasta haya venido cierta reconversión al INDEC, visto el malhumor de Lavagna cuando los datos no le dan lo que precisa para abonar el terreno.

El ambiente sigue apropiado para que todo pueda ser estrujado a voluntad, reconvertido, y después, dispersado entre la opinión pública: quien está recibiendo todo sin filtrar demasiado, seguramente necesitada de creer en lo que le digan. Una política harto riesgosa, muy habitualmente vista en el mercado y cuando corren versiones de cualquier magnitud, muchas veces con una dosis de burda imaginación que asustan: y, sin embargo, encuentra los candidatos para que la digieran. Aquel que, en vez de defender su capital con el propio raciocinio, es capaz de arriesgarlo por aquello que le llegó de fuentes ciertamente dudosas. Probablemente, pensamos muchas veces, porque es un modo defensivo de la estima personal, que se pone en práctica de modo inconsciente. Esto es: si me va mal, no fue por mi propia equivocación o mal análisis sino por seguir el dato que me trajo fulano. Con lo cual, el ego de nuestro amigo inversor parece quedar a salvo, y hasta pensando que si no hubiera sido por eso: habría acertado con la compra.


Después de todo lo que hemos pasado en sucesivos gobiernos, de quedar colgados de una rama la lógica parece indicar que los ciudadanos deben hacer prevalecer lo individual. Escuchar, o leer, y filtrar, desmenuzar. No quedarse con las simples explicaciones de oficialistas, u opositores, o con opiniones que merecen indagarse a fondo. Es como suponer que lo que estos cupones dicen, es lo cierto.

Dejá tu comentario

Te puede interesar