2 de marzo 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Las promesas de Lavagna resultan ya insólitas, como queriendo tomarles el pelo a los poseedores de esos «bonos basura» que los gobiernos argentinos emitieran oportunamente. Aparte de discutir cuestiones como el «megacanje», como si lo hubiera instrumentado un marciano, la última dosis de tranquilidad que se envía es que «en quince años podrían recuperar lo perdido». E incorporando a la fórmula que el país sostenga un crecimiento permanente, en todo ese lapso a 6% anual: si no piensan que los acreedores también hacen sus cuentas, ya sería totalmente irracional. ¿Crecer en tal nivel, durante quince años, cuando estamos recostados en ingresos de «commodities»? ¿Y el mundo, qué pasa con el mundo durante quince años? Claro, siempre estará a mano echar culpas a cualquier situación que provenga de afuera, como para justificar el no cumplimiento del pronóstico. ¿Dónde estará Lavagna, todos estos gobernantes actuales, dentro de quince años?... A veces, muchas veces, da miedo que el resto de la población se contagie de los mensajes que llegan desde arriba. Y en lo específico, a veces -muchas veces-vemos giros de la Bolsa que están en línea con argumentos tan fantasiosos, como los que tratan de basamentar una recuperación económica -y la dignidad nacional, dicen-en falacias de tal calibre. No saben bien qué irá a suceder en el segundo semestre, pero proyectan a quince años. Y si tal proyección es seria, por qué no se arma una estrategia -para no llamarlo «plan», que nos les gusta-y se difunde, para que los entes económicos puedan trazar su marcha de mediano y largo plazo...

Es fácil suponerlo, porque no habría otro modo de fundamentar ese crecimiento, que haciendo que los factores jueguen decididamente a favor. Y proyectando como muchas veces se ha cometido el error de proyectar crecimientos empresarios, para sustentar niveles de acciones demasiado altos y bajar el «price-earning»: suponer que ciertas condiciones favorables se mantiene inalterables en el tiempo. Y, desde allí, llegar a la cantidad de años necesarios para que ese ratio precio-utilidad se ubique en el número deseado. Esto, que es sumamente débil y riesgoso, para valuar acciones, se convierte en dinamita pura si se lo hace en función del país.

Por fortuna, se percibe en las palabras de los balances de las sociedades que son muy pocos los que están dispuestos a rubricar que «todo está bien». Y que tenemos un porvenir claro y venturoso: lo que dicen es que no se observan lineamientos para sopesar el futuro, que no hay crédito interno, y saben que cualquier regla que esté vigente -o se dicte-podrá ser cambiada sin ningún tipo de reparo, en cuanto se las vean mal.

El camino del «país virtual» -incluida la soja-solamente debería incorporar el pizarrón de los técnicos de fútbol: que «ganan» los partidos, con los contrarios realizando lo que su equipo necesita.

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