24 de noviembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Podía decirse, a la inversa de lo que pronosticaba el gran agente que fue Walter Gysin cuando al pararse en la puerta del viejo recinto, elevando la nariz comentaba: «Hmmm... hay un olor a guita». A la inversa, decíamos, desde la semana anterior que rechinaba sobre sus bisagras apenas con unos $ 40 millones de efectivo, era como para olfatear el ambiente y decir: «Hmmm... hay un olor a enchufe». Y así se dio un «lunes negro», donde el dique se quebró, el aferrarse a un mercado cada vez más en un embudo dejó salir esa correntada vendedora que todo lo tapó con sus $ 91 millones de efectivo y una caída Merval de 5%.
Llevándose también consigo a la centena de los 1.200, quedando tan alejada aquella zona de más de 1.300 puntos, que supo alcanzar el mercado en el mismo mes. Demasiado grave el derrumbe, difícil de imaginar en tales dimensiones y en semejante aleación de indicadores, que corresponden al perfil de la temida «corrida». Ese tajo, que como un rayo atraviesa a una tendencia cuando existen hechos que son explosiones súbitas, por alguna noticia de gran peso. O bien, como ahora que sin existir nada expuesto en superficie, atacó directamente a las bases de las fuerzas. ¿Qué fue lo que dinamitó el dique de la semana anterior? Acaso, un proceso natural de acumular y acumular caudales, sin dejarlos salir, y que terminan por derribar la valla que se le opone de modo rígido. Como para recordar aquello tan bien expuesto por Almafuerte, respecto de por qué el agua (que es blanda) vence a la piedra (que es dura). Y decía que la piedra, si algo quiere, es que se proclame su firmeza. Y el agua, si algo quiere, quiere vencer.
La conclusión: la victoria de lo dócil, sobre lo inflexible. Tal parece una metáfora bien aplicable a esa inundación que ahogó al mercado de ventas el lunes.
Pero, también, a esa posición gobernante de inflexibilidad que el propio Lavagna (ahora con amenazas) prosigue jugando en el tablero de los bonistas.

Que la plaza tenía que producir un sesgo, para volver a moverse con liquidez, resultaba un secreto a voces, solamente viendo el pasar de los indicadores: precios que no conseguían despegar, rebotes fugaces y frustrados, en un continuo apagarse de las órdenes. Buscar al comprador abajo resulta así la única vía habilitada para no perder de hacer mercado, en tren de proteger al índice. Es una semana que asomó muy llamativa, como un latigazo en la cara para los que iban hacia el 1.300 nuevamente y se encontraron, en unas horas, abajo del 1.200. Ese día se tocó un mínimo de diez puntos más hacia abajo -con 1.183- y se pudo terminar en 1.193: fue el único «logro» que se pudo anotar de esa rueda feroz.Y como estimación, lo que prenunció la plaza sensible de la Bolsa es que se pueden avecinar problemas serios. Que no están a la mano, que -acaso- lleguen a neutralizarse todavía, pero que, ese día, calaron hasta el hueso.

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