Perder márgenes o echarse toda la ira oficial encima no resultan opciones llevaderas para los empresarios y tampoco es vitamina para el mercado de riesgo. La suba de costos, que no figura en la cartilla primitiva que manejan los que amenazan, va dando muestras cada vez más agresivas en los cuadros de resultados. Es uno de los párrafos de mayor rating, cuando se redactan las reseñas informativas de los balances. Y las últimas leídas todavía correspondían a los trimestrales de setiembre, sin siquiera sospecharse de la suba salarial impuesta hacia finales de año. Por el otro flanco, están las de servicios, las que en algún momento obtendrán una corrección de tarifas que -se dijo- irá a recaer sobre la industria y el comercio en su totalidad. Los salarios son parte del costo, la energía es una porción importante de los costos. Los insumos que se pasan a valor dólar resultan otro elemento. Cualquier aumento de los fletes, por subas del GNC, participan también con lo suyo. Si la luz se estrecha, la utilidad decae. Unos puntos en el margen pueden decidir el destino del ejercicio, pero un traslado a precios es una probable excusa para que se instrumenten las fallidas estrategias del «control de precios». Y, además, al que le toque la amonestación se llevará de regalo estar en la mira de los demagogos de siempre. Ciertamente, no es envidiable la situación empresarial que debe definir la política por seguir en el ejercicio. Y también es muy confuso el porvenir, si de realizar estimaciones de valor de las acciones se trata. La idea de la condena pública y de la mordaza impuesta por decreto no solamente ahuyenta capital que pudiera estar por llegar, sino que acelera la salida de otros, que venían indecisos y bastante saturados de cambios de marco. Se genera todo un círculo vicioso, que conlleva al ambiente del desaliento y la desinversión, seguida --según sea la mordaza- de la zona del desabastecimiento. Los argentinos de cierta edad no es que lo han leído, lo han probado de modo directo tres décadas atrás. Pero la fatídica rueda que lleva a los gobernantes a desempolvar ideas que yacen en el arcón de lo que nos hundiera está girando de manera entusiasta. Mejor que lo del «canje» les salga bastante bien, porque de no ser así, las medidas impulsadas por el malhumor podrían resultar todavía más hostiles y apuntando a todo lo que se mueva. No va a ser un año sencillo de cruzar 2005, el mercado lo ha querido señalar en sus primeros pasos. Es como para que baje el mensaje claro: ¡tenga cuidado el empresario y tenga mucho cuidado el inversor! No hay peor improvisado que el improvisado entusiasta; y es una clase dirigente, plagada de tales arquetipos.
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