La aseveración del ministro Lavagna pareció sonar a lo más racional de estos tiempos. El concepto encerraba que las culpas no son ajenas, sino de nosotros mismos. A continuación, una apelación a intentar vivir sin endeudamientos -que, posteriormente, salió a ser refrendada por uno de los Fernández-, y esto surgió en medio de la aparente estrategia por armar empresas «mixtas» (que ya manejó el primer peronismo y, después, terminó por hacerlas totalmente estatales). Mejor sería declamar con tal tipo de concepción racional, sensata, virtuosa, si es que al país le llovieran los ofrecimientos de créditos internacionales. Pero, visto el tratamiento a los que tuvieron la mala fortuna de aceptar papeles de nuestras deudas, cuesta pensar en que el crédito se irrigue fácilmente sobre nuestro Estado, con lo cual es como que se recicla una posición de endebles, pasándola por voluntad propia y, de paso, queda fenómena para mostrar un perfil de seriedad que, en verdad, la Nación ha perdido casi por completo con sus devaneos.
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Posteriormente, apareció la realidad de un Correo que termina como era presumible: sin volver a privatizarse y bajo el escudo de haber obtenido «utilidades». Cifras sueltas, sin mostrarse de qué modo se arriba a los $ 98 millones finales, aunque con la salvedad de advertir que eran cifras «sin contar amortizaciones y pagos financieros». Esto es, dando a la utilidad bruta como emblema método mediante el cual muchas de las que llegan a pérdidas en nuestro medio podrían también mostrar «utilidades» generosas. Los que quieren conservar la memoria sin retoques recordarán que, en nuestro país, resultaba imposible conseguir un balance en forma, de una empresa pública. Y, cuando aparecía alguno, hablaba de situaciones que habían pasado muchos meses antes. Si se habla solamente de la utilidad directa, es dable suponer que la línea final del balance del Correo pasa a resultar negativa, con lo cual, al difundirla, se perdería el principal -el único- argumento esgrimido para justificar que tal sociedad no volverá a lo privado. Y aun admitiendo que tal modo de apreciar el resultado de la gestión resulte apto, con solamente tal estandarte no podría justificarse una resolución así, ya que, siendo un ente dinámico, proclive a sufrir los vaivenes de la economía, esa empresa bien puede pasar a mostrar saldos negativos, y, en tal caso, el déficit se lo tendrá que digerir el Estado, como era siempre. Cuesta bastante pensar en el «vivir con lo nuestro», en forjar una disciplina fiscal por décadas -que es lo que se necesita para cubrir compromisos, cuando alegremente existe la tendencia reverdecida de quedarse de modo parcial -mixto- o total, como sociedades sobre cuyo manejo apenas se conocerá de a gotas. Pero, si el amigo Chávez quiere hacer milicias urbanas, es cierto que cualquier proyecto cabe. Informate más
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