22 de marzo 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Ya han debido comenzar a realizarse los retoques, los reacondicionamientos de proyecciones inflacionarias que parecían ser tan seguras -puerilmente seguras- hace un par de meses. Se insiste en obtener la del «crecimiento» anual, aun a sabiendas de que se depende de factores vitales que están en permanente mutación. Y, mientras tanto, salvo los que fabrican sobretodos o pulóveres, todos los industriales están rogando por otro invierno benigno en sus temperaturas: o el desastre, evitado por la bondad de lo natural en 2004, podría generar un nudo dramático por la producción del ejercicio. Con tal precariedad de incentivos nos seguimos internando en el año, que ya no posee siquiera la ilusión de que un canje «bueno» fuera bisagra, resolviendo por extensión la problemática que nadie parece dispuesto a resolver. Es un dejarse llevar por estos caminos de Dios, con la sola esperanza de que el Señor no retire su mano cuando vamos por las cornisas. «La falta de planes es nuestro plan», podría ser la única consigna -por así llamarla- instaurada desde el advenimiento de una llamada línea, o estilo de gobierno. Ceñirse a tal premisa no está mal, porque no solamente es la que se invoca, sino la que se lleva a la práctica. Como en los juegos de pantalla, que atontan adolescentes desde los «cíber»: que enfrenta a los enemigos de una fase, si se gana se pasa a otra más complicada y con enemigos que surgen súbitamente, de la nada, a plantarse ante el «héroe». A medias podemos saber de dónde venimos, con tantas versiones de un mismo pasado que todos hemos vivido, pero absolutamente imposible es inferir con certeza hacia dónde nos encaminamos.
 
Mientras la región está viviendo ansias de liderazgo extendido desde un Chávez -más agresivo- y un Lula -más astuto-, el uno puede enarbolar su poderío petrolero y que se amplía con cada trepada del commoditie. El otro, la potencia industrial de un país gigante y al que siempre se respeta. En medio, un líder local que lleva a esa mesa el remiendo de los harapos de una crisis y que emite señales ambiguas, llegando al peor de los trazados: el sinuoso, imposible de seguir y muchos menos de pronosticar. Ofreciendo peleas en todos los frentes al unísono, sin importar la talla del oponente ni su secuela, se instala muchos más de la imagen personal que la del cargo. Nos preguntamos qué tipo de opinión, de asesoramiento, de consejo, pueden dar los profesionales de la inversión ante sus clientes. No quisiéramos estar en sus zapatos, tampoco de los economistas y analistas que dan «road show» ante grupos empresarios. ¿Qué puede decirse que no esté en serias y permanentes dudas? En definitiva: cómo determinar en qué tipo de economía abrevamos. Y cómo debe comportarse el inversor, ante lo desconocido.

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