31 de marzo 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

El lunes se producían dos hechos malos ya por separado, que al estar juntos eran la imagen de la desolación: el índice Merval mirando desde cerca otra centena inferior capas de ser perforada -de los 1.300 puntos- y el pase al negativo en la cuenta del año. Increíble llegaba a parecer que ese mercadito timorato, buscando un piso con desesperación, que no alcanzaba a equilibrar sus alas ni retrocediendo a los apenas $ 56 millones, resultara sucedáneo del majestuoso andar del índice a lo largo de un febrero que lo había llevado a más de 1.600.

Es lo que hay
. No le busquemos demasiado la vuelta, es el espejo inapelable de tantos cabos sueltos, que continúan sin poderse unir en todo el contexto. Si se le agregan condiciones del mundo -a las que siempre hay que tener bajo presunciones de cambio, como ahora sucedió- que tornan a ser menos positivas para nuestras necesidades, se formaliza un frente adverso capaz de generar exactamente lo que armó un movimiento del piso, placas que se reacomodan, hasta que aparece una ola gigante vendedora que deja todo bajo el agua en un corto lapso. Tan corto, que no da para imaginar estrategias o defensas, aparece y ya... Ingresando en abril tenemos un mercado en la zona de finales de 2004. La ola se llevó el ensueño y los días venturosos del operativo canje, al que -vaya paradoja-también le llegó una ola que pone en duda su éxito.

Si hasta Alfonsín -días atrás en un programa de televisión- solicitaba que se dieran a conocer planes, lineamientos a cierto plazo para saber hacia dónde se dirige esto, imaginemos qué grado de desconcierto está imperando en lo que hace a empresas y mercados. Cierto es que la más de las veces los políticos quieren conocer planes para poder deshacerlos después, (y el exitoso austral inicial, bien puede dar muestras de ello). Pero, el caso es que todo da la impresión de haber hecho un trayecto de mayor a menor, como en los peores años de la Bolsa y cuando lo más rescatable pasa por enero-febrero y se termina en diciembre pidiendo agua. Como que estos gobernantes, de los que se esperaba que ganaran en experiencia y dieran un salto de calidad, se movían de modo más convincente cuando todavía debían colocar al país en orden y sacarlo del desorden anterior, que a medida que se fueron quemando etapas.


Existe un
desencanto que flota, que no se transforma en malestar evidente porque algunas variables todavía se aguantan, pero que nos predispone a que deberá existir algún golpe de timón -o, al menos, de efecto- y que resulte apto para cambiar la dirección de las «expectativas racionales»: que se van apoderando de sectores clave en la vida económica. Un paso previo a que el engranaje se empaste.

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