22 de abril 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Si, en verdad, ha llegado el tiempo de armar dos discursos distintos de un ministro (uno para los locales y el otro en el foro donde accede) ya estamos haciendo cartón lleno. Un asunto que debe ser tratado como de extrema gravedad, aunque pase como otra simple anécdota de estos llamados «estrategas». También, es llegado el momento de hacer como viejo indio sioux, que no solamente había llegado a «no creer lo que no veo, sino que de lo que veo creo sólo la mitad». Una muy buena fórmula para no llevarse chascos en el estilo argentino de hacer política y, también, de gobernar: decir y armar tantos discursos como sean necesarios según el tipo de público a quienes van dirigidos. Si es para adentro, mostrar una posición sumamente desafiante, envalentonada, apostrofando a organismos y personajes. Si es que hay que hablar en casa de ellos, el tono debe ser mucho más sumiso y tratando de no irritar demasiado. Algo así como en la práctica: de ir a mendigarles favores a líderes mundiales, a los que se acostumbra a despellejar en discursos de inauguración de escuelas, o fábricas.

A todo debe volver a acostumbrarse un ciudadano argentino, que ha visto ir cambiando los argumentos de las películas políticas y sociales. En tal aspecto, el cine ha sido pionero en lo que hace a separar por público. No recordamos el título, probablemente nuestros colegas de «espectáculos» lo recuerden, pero hubo una película a la que se le habían hecho dos finales distintos: según se exhibiera en las salas céntricas, o en los barrios. Esto trajo encendida polémica -como siempre, por un ratito- por esa pavorosa discriminación intelectual de algún trasnochado director. Lo cierto es que si existieron dos discursos distintos de Lavagna, hemos tocado el fondo del pozo peor: el de la moral.



Pozo que parecía querer seguir ahondando el mercado, con su semanita de 10% de caída, hasta que le llegaron algunas brisas refrescantes con el controvertido asunto de los funcionarios del ya insondable Fondo Monetario. Que un día parecen poner contra la pared a los funcionarios argentinos, pero que al día siguiente son capaces de volcar elogios y perfilar «acuerdos», como sacados de la galera. Era lo que se precisaba para conseguir el doble efecto de ver detenerse la venta salvaje, sin límites, y la surgencia suave -pero, surgencia al fin- de tomadores que entonarán a la plaza. Sin otra cuestión a la vista, porque todo lo demás -inclusive el menú de la manifestación gremial perpetua, por toda la ciudad- seguía igual: se podría atribuir en buena parte al cambio de señales, el repunte bursátil ensayado desde el lunes. Como Brasil también tuvo algún repunte, otra porción es: una mayor tranquilidad global. Precaria, claro, como siempre.

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