9 de junio 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

La teoría del miniciclo, expuesta muchas veces en esta columna y que casi aparece como un grotesco sintético -el imaginar que un ciclo normal, que puede llevar meses y también años, se resuma en solamente unos días- es probable que deba considerarse sólo un grotesco; puede el puritano de la ortodoxia de mercado objetarlo como denominación. Está bien, si se quiere puede colocarse otro rótulo, pero que existe... existe. El mercado lo viene demostrando a lo largo del año, cuando efectúa un proceso de calma -acumulación- y donde todo parece repetirse en precios y volumen monótonos. Después, de algún modo imprevisto, o asido de cierto argumento que pueda utilizarse del contexto, el movimiento crece súbitamente en los dos indicadores. Recorre un corto trecho donde se generan ruedas de dos, tres por ciento de aumentos. Del mismo modo, súbitamente, o dando alguna señal previa, todo se consuma con una toma de utilidad que recorta lo ganado y achata de inmediato el nivel de los negocios. Los dos últimos pasos, crecimiento y madurez, casi se tocan con la zona de dispersión del beneficio. Todo el proceso, las distintas fases, hasta son difíciles de desentrañar por la rapidez con que surgen y cambian.

Cuando el inversor menos avispado todavía está pensando en entrar en un mercado prometedor y alcista, todo parece cambiar de decorado ante sus ojos. De un viernes a toda orquesta, a un lunes de aspecto gris. Y muchas veces no se detiene la orden que iba en una dirección cuando ya el mercado dio la vuelta y se cae en el peor de los estados: el de tener que aguardar, para solamente recuperar lo perdido.
 
Solamente desde bien dentro de la cocina del negocio desde los comisionistas, o teniendo una buena sensación de «sintonía fina» de la plaza (que no todos poseen) se pueden establecer las fronteras y actuar, más o menos, a salvo. Porque no hay seguridad completa. Sucede a menudo que un movimiento ensayado para otro miniciclo se tropiece con alguna noticia halagüeña y que potencie la zona del crecimiento, justo cuando se estaba por entrar en el final. Ergo, esa variable ingobernable -para todos-, que es la verdadera dueña de la Bolsa y la que la hace inmanejable, puede corregir los tiempos de modo constante.

Se hace imprescindible el asesoramiento y la permanente consulta con el agente bursátil, o con algún inversor ducho, de los que están en el día a día y sobre los acontecimientos. Aquellos que averiguan de dónde vinieron las órdenes, quiénes son los «nenes» que mandan fichas en una y otra dirección. Para actuar desde afuera del circuito, de la zona caliente, lo mejor es hacer cartera como inversión de cierto plazo y no ingresar al miniciclo. La metáfora que otras veces utilizamos es: «un fueye que rezonga» (el mercado).

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