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Por supuesto, resultó un festival de estados contables que se acumularon sobre el 11 de noviembre, fecha límite, y hubo diversidad de cargas y de cambios. Tanto las confirmaciones de las que gozan de plena salud, como algún aflojar en sociedades que están sintiendo en lo profundo el doble juego de trepada de costos, muy por arriba de los aumentos de sus ingresos -como «servicios»- y el correspondiente restar de puntos de margen bruto. Todo quedó bastante apabullado por un mercado que empezó a «ratear» en sus motores, por falta de combustible de órdenes, y por allí se perdió buena parte del rasgo selectivo en virtud de lo que dijeron los balances empresarios.
Esta es otra faceta que ha ido mermando con el correr de los años, lejos los tiempos en que la sala de lectura de la Bolsa se veía abarrotada de gente ávida por conocer los resultados llegados y comenzar a obrar en consecuencia. En días siguientes, la dispersión de los números a través de los medios producía siguientes ondas bien marcadas, en los precios de unas y de otras. Las que habían decepcionado lo que se aguardaba, sufriendo de ventas y del recambio de posiciones, y el surgir en fuerte aumento de otros papeles, que habían recibido el espaldarazo de balances mucho mejores de lo que se esperaba. Resultaban los números empresarios, con toda lógica, verdaderos patrones de inversión y de formación de carteras. Pero, progresivamente, parece que el inversor y el operador se han quedado con rasgos mucho más rústicos: por ejemplo, juzgar a las acciones por la liquidez de mercado que poseen. Y poco más que eso...