28 de noviembre 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

No sabemos del tema. Entonces, preguntamos. Y en el chequeo, acerca del fastuoso gasoducto que llevaron a un plano los mandatarios de la Argentina y Venezuela, nos dijeron que esto podía equivaler a los legendarios 20.000 millones de dólares que iba a poner China, ¿recuerda? Otro lo asoció a aquel viaje por la estratósfera que planteaba Menem, para llegar a Japón en un suspiro. De última, uno nos dijo: «Se imagina el festín que se van a hacer los muchachos de Greenspan, cuando quieran meter las topadoras en la selva brasileña? Pero los argentinos, que apenas estamos resucitando, no nos andamos con pequeñas obras. Al menos, en los planos...

Mientras tanto, Lavagna acaba de denunciar «sobrecostos» en las obras públicas. Y mereció primeras planas un tema que sólo se sacó del arcón de las cosas consabidas. Claro, el ministro nada dice acerca de qué tipo de mecanismo es el que lleva a tales sobrecostos. Y a cuántas sociedades ha hecho quebrar, o casi, un Estado que siempre decide pagar insumos y obras cuando le viene en gana. Y en las especies que elige. El terrible costo financiero que implica el tránsito entre venderle y cobrarle al sector público, ha sido en buena medida responsable de un anticuerpo de los privados: cotizar más de lo debido, con tal de ponerse a cubierto. Pero, dentro de lo que es la «política económica» de las actuales autoridades, los funcionarios tienen derecho a avasallar al sector privado, cambiar reglas, hacer estallar convenios, y esto predispone todavía más a cubrirse. Porque puede aparecer cualquier especie ingeniosa, en forma de título, para abonar lo que el Estado compró a sus proveedores. Mejor que lancen ideas novedosas, con tal de entretener a la opinión pública.
 
Por ejemplo, el mismo Lavagna volvió a oficiar de vidente y pronosticó «seis años más de crecimiento». Como podía haber dicho diez, doce, o habrá que empezar a sospechar que, en el séptimo año, puede estar esperando alguna mala noticia. Seriedad no es lo que sobra. Y lo novedoso tampoco abunda. Metiendo mano en el viejo arcón, la Unión Industrial resolvió y extrajo un espécimen, que ya estaba lleno de polvo: BANADE. ¿ BANADE?... sí. Cuando se concluyó con el BANADE, casi todos lanzaron un suspiro de alivio. Hasta por la Bolsa tuvo un paso nefasto, 1976, cuando sacaba a mansalva sus paquetes de acciones privadas y derrumbando, junto con la Caja de Ahorro, al mercado. Cada quien pide su instrumento, en una regresión al pasado que parece querer justificar esa moda por la historia, que hoy comprueba el sector editorial. Pero otra cosa es que la historia vuelva al presente, un asunto muy delicado. En este batido de hechos insólitos, se tuvo una certeza de Kirchner de «combatir la inflación sin recetas ortodoxas». A lo que rubricó J. González Fraga: que no le teme a la inflación, sólo a la falta de empleo.

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