Lánguidamente terminó el mes de julio, destacando esa orfandad de volumen que persigue a las ruedas de Buenos Aires. Por la mañana, el titular de Ambito abría una esperanza al mencionar: «Cobran ahorristas u$s 2.300 millones por BODEN. Haría subir más mercados». El choque de la noticia, con lo visto en la rueda por la tarde, resultó así más impactante. Si bien el clásico sondeo sobre gente que está sumida en menesteres de inversiones mencionaba que una buena parte iría a la compra de bonos argentinos, nominados en dólares, y que segmentos menores podrían derivar a lo inmobiliario. Con escaso volumen desviado a compra de acciones. Es como que el mercado no sólo ignoraba posibilidades de recibir dinero fresco, sino que acusaba salida del que -en promedio- le era propio de sus ruedas habituales.
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Si en gran medida lo cobrado por los que recibieron esos bonos debido al «corralito» de 2001 efectivamente se dirige a compra de más bonos locales, merecerían ser distinguidos por insistir con los activos donde ya antes fueran acorralados, maltratados, y por resultar inversores de acero. Ahora bien, si es que nuestros cíclicos avatares críticos los sitúan nuevamente ante quienes invoquen «emergencias» para no honrar lo emitido, ni tendrán derecho a la queja. Recordar el viejo adagio: «Si la primera vez me traicionas será culpa tuya. La segunda, la culpa será mía...».
Ir al bono en dólares, de todas maneras, ya descubre una actitud cautelosa, preventiva. Pero nada se salva cuando los políticos deciden que un bono pasa a ser «papel pintado» en función de las propias necesidades. Y si no estamos mal encaminados, los bonos modernos ya no están sujetos a estrados internacionales, solamente a lo interno.
En fin, cada quien es dueño de hacer con su dinero lo que desee, incluso volvérselo a prestar a quienes ya le hicieron alguna trastada. Pero el caso que más nos preocupa es ver si -en efecto- alguna mínima porción decide ingresar a lo accionario. Es tal la necesidad que se atraviesa en río seco, que solamente con una mínima porción de esos cobros provocarían reacciones de nota. El 10% del total serían 230 millones de dólares, acaso es demasiado. Con la mitad de ello, puesto a circular en el sistema del papel privado, resultaría cierta inyección oportuna de vitaminas. El «empujoncito» clásico, para ver si el motor después arranca solo, capaz de sacar al vehículo de parado.
No dudaríamos en asumir que -para nosotros- algunas acciones de fuertes fundamentos empresarios resultan mucho más razonables que cualquier bono público. Se dirá que en ellas no hay renta asegurada de antemano, pero en cuanto a nobleza y seguridad, protección, nos quedamos con las sociedades que nos muestran un activo detrás: y años de prestigio. Es gusto propio.
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