Se continúa delineando el rompecabezas de 2007, y a los gobernantes locales les apareció un excelente contexto como para justificar un «derrame» oportuno de dinero en la economía: carta siempre brava para ganar elecciones.
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A un Chávez completamente desaforado en la euforia de sus petrodólares (y de sus ansias por ser el líder americano, mediante el viejo recurso de hacerse el acreedor de las economías regionales) se le agregó un sorpresivo Lula con sus anuncios explosivos sobre el gastoinversión que promete en Brasil. Nada podrá parecer fuera de contexto si por aquí se hace algo parecido -a pesar del peligro de los déficits provinciales que avanzan- y ya las empresas deben estar en autos de que los pedidos de incrementos salariales llegarán en cascada. Más allá de si esto que encargarán los gremios resultará una carga pesada de alto riesgo inflacionario: no puede negarse que acaso resulte el rasgo más genuino que pueden mostrar los representantes de los trabajadores, procurar mejoras para sus afiliados. En contrapartida, ¿qué harán las sociedades para aliviar una mochila que ya debe cinchar con incrementos en la energía y diversos factores que erosionan sus márgenes? No se advierten movimientos serios, fuertes, aunados, para que el fisco deje de seguir « confiscando» ingresos sin permitir el ajuste por inflación. Parece resultar el único flanco posible para ejercer una defensa de los erosionados números que se avecinan, después de tener que asumir nuevos aumentos de salarios. No es un punto antojadizo, no es ir a pedir privilegios, no es la mendicidad de implorar ayudas especiales. Es muy sólido argumento, demostrable a través de la simple estadística inflacionaria desde 2001 hasta la fecha. Y a sabiendas de que 2007 traerá, posiblemente, más índice que el anterior.
También, resulta la única carta brava que pueda instalar un atractivo para el sistema bursátil y que ha iniciado el ejercicio cubierto por el desinterés. Si aparece una presentación formal de los empresarios y se la comienza a evaluar, seriamente, por parte de los funcionarios oficiales, sólo con ello se puede generar un movimiento de proporciones sobre los papeles cotizantes. Si bien no es el objetivo primordial, porque son pocas las que están en Bolsa y la mayoría empresaria no participa, hay un efecto indudable que llevará su toque benéfico también para el mercado.
Ya tienen encima la suela de los controles de precios, deben asumir los costos que se les vienen encima, tendrán que lidiar con los salarios; no se alcanza a comprender -al menos nosotros no lo comprendemos- por qué tanto silencio en notas de economistas, analistas económicos, sobre este asunto. Y por qué aparece tratado apenas en algunos balances empresarios. Es curioso.
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