12 de julio 2007 - 00:00

Cupones bursátiles

Ya no quedan obstáculos imaginables para que los mercados puedan tropezar, por pequeños que éstos sean, casi es para suponer que se trata de una estrategia «moderna» acostumbrarse tanto a un andar con tropiezos que terminan por hacerlo espontáneamente y aun sin necesidad de obstáculos visibles. Lo que otorga a cada rueda matices radicalmente distintos, de donde se puede culminar un lunes en los valores máximos y con una demanda entusiasta, para pasar a un martes donde todo parece hacerse fláccido, carente de andamiaje y ausentes sin aviso los anteriores entusiastas de la compra, reemplazados por muy inquietos fieles de la oferta, que copan el terreno. Y lo mejor es que las dos fuerzas pueden ser de un mismo origen, como variando de disfraz y de postura en cada puesta en escena. Así estamos, ya bien entrados en julio, procurando los operadores menos versátiles en los cambios de ropajes encontrar una manija de donde asirse y tener alguna idea confiable respecto del punto en que se halla la inversión de riesgo.

Si fuera solamente una falla doméstica, pues podría subsanarse con energía que viniera de otros (algo así como el desesperado llamado de la Argentina para que sus vecinos le arrimen flujo de esenciales fluidos). Pero es que también en el mundo se cambia con total naturalidad, de una rueda para la siguiente, variando solamente los supuestos motivos (muchos de ellos, simples excusas para adjudicarle una baja). El lunes pasado el Merval estaba de feriado, espiando sus operadores qué sucedía en otras partes y sacar partido de correr desde atrás.

Todo parecía predisponer a un reinicio bien apuntalado, con acciones argentinas que habían estado bien firmes en Nueva York. El martes... fue otro día. Fue otro escenario. Por allí flotaban nuevamente el cuerpo y nombre de Bernanke (mientras el fantasma de Greenspan lo acechaba detrás del escritorio, como siempre). Y los desarrollos conjuntos se vieron atacados de bajas notorias, quedando en pie y en leve aumento el humilde Merval.

Tanto como para que el presidente de la Nación, visitante de la entidad en el día de su festejo por el 153 aniversario, pudiera hallar índice y paneles que no estuvieran muy sufridos. Hace a las buenas costumbres...

Y, de paso, el mandatario no desaprovechó la ocasión de «acudir a la memoria» (su expresión favorita en todo discurso) recordando que cuando llegó la primera vez, el índice local andaba por los 770 puntos, y en la noche del martes superaba los 2.200. Una licencia admisible, todo gobernante gusta de ufanarse de los trayectos alcistas adosándolos a su gestión, y seguramente que el ejercicio tan pálido que se atraviesa será por culpa de otros. Lo cierto es que la turbulencia predomina en todas partes. Y hay que remarla.

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